Reflexiones
El mundo se encuentra en una etapa de reconfiguración geopolítica y militar. Los conflictos de alta intensidad, que muchos creían pertenecían al pasado, han vuelto a ocupar el centro del escenario internacional. Desde la prolongada guerra en Ucrania hasta las recientes tensiones entre Pakistán e India, asistimos al resurgimiento de una lógica de poder sustentada no sólo en la diplomacia o la economía, sino en la capacidad real de proyectar fuerza.
El caso Rusia-Ucrania.
Una guerra del siglo XXI con herramientas del siglo XX y XXI.
El conflicto en Ucrania ha demostrado que la guerra convencional sigue vigente, pero ha incorporado elementos nuevos y disruptivos. Drones de ataque, guerra electrónica, inteligencia artificial, sistemas de defensa antiaérea automatizados, y operaciones de desinformación a escala global son ahora parte integral del campo de batalla.
A pesar de contar con una ventaja numérica y nuclear, Rusia ha enfrentado enormes dificultades para alcanzar objetivos claros, lo que evidencia que el tamaño por sí solo ya no garantiza la victoria. La resistencia ucraniana ha mostrado el poder de la innovación táctica, el uso estratégico de tecnología occidental y la resiliencia social, apoyada en redes de inteligencia y cooperación internacional.
India y Pakistán
Disuasión nuclear y modernización silenciosa.
En el sur de Asia, el equilibrio entre India y Pakistán continúa sostenido por una disuasión nuclear mutua. Sin embargo, ambos países han incrementado en los últimos años sus inversiones en capacidades cibernéticas, satelitales y misiles de precisión. La reciente suspensión de la compra de cazas Rafale por parte de Indonesia ante dudas sobre su rendimiento, sumado al interés chino en posicionar misiles aire-aire avanzados como el PL-15E, revela un escenario regional donde la supremacía aérea y los sensores de largo alcance serán determinantes.
India ha desarrollado su programa de combate HAL Tejas y sistemas autónomos, mientras Pakistán refuerza su alianza estratégica con China. Ambos entienden que el próximo conflicto no será exclusivamente terrestre ni aéreo si no que será multidimensional.
La urgencia de repensar la defensa hacia fuerzas armadas tecnológicamente integradas.
En este contexto, surge una pregunta inevitable para todos los países: ¿es necesario contar con fuerzas armadas modernas y bien equipadas? La respuesta es sí, pero no se trata sólo de gasto, sino de estrategia.
Hoy más que nunca, el poder militar depende de la incorporación de inteligencia artificial para análisis en tiempo real, optimización logística y operaciones autónomas. Capacidades cibernéticas defensivas y ofensivas, imprescindibles en un mundo interconectado. Fuerzas flexibles, interagenciales e interoperables, capaces de operar en escenarios híbridos, desde operaciones de paz hasta confrontaciones de alta intensidad. Un modelo de defensa adaptado a entornos VUCA (volátiles, inciertos, complejos y ambiguos), con planificación basada en escenarios y capacidades de respuesta anticipatoria. Formación permanente del capital humano militar, integrando pensamiento estratégico, comprensión geopolítica y habilidades tecnológicas.
La defensa no es belicismo: es soberanía, es anticipación.
Modernizar las Fuerzas Armadas no implica preparar la guerra, sino evitarla desde una posición de disuasión creíble, dispuesta y visible. La defensa es una forma de soberanía, pero también una herramienta para proteger a la ciudadanía ante amenazas nuevas y complejas: crimen transnacional, desastres naturales, ciberataques o conflictos interestatales.
En tiempos donde las fronteras son porosas, los actores no estatales ganan terreno, y la tecnología redefine el poder, tener fuerzas armadas desactualizadas no es una opción: es un riesgo.
Aquí tienes un párrafo breve para insertar en tu artículo como comentario sobre el contexto regional:
En Latinoamérica, el panorama es preocupante. Mientras el mundo refuerza su poder militar con visión estratégica, varios gobiernos de la región avanzan en una dirección contraria: recorte presupuestario, desarme simbólico y debilitamiento institucional de sus Fuerzas Armadas. Bajo el argumento de la austeridad o el temor al “militarismo”, se posterga la modernización y se erosiona la capacidad disuasiva. Esta tendencia deja a muchos países expuestos, sin herramientas reales para enfrentar amenazas crecientes como el narcotráfico transnacional, el crimen organizado o posibles conflictos interestatales. La defensa no es un gasto superfluo: es una inversión en soberanía y estabilidad regional.
En Argentina, las sucesivas administraciones han degradado capacidades operativas clave, limitando el reequipamiento y reduciendo los presupuestos reales para entrenamiento y sostenimiento. En Perú, los escándalos de corrupción y la inestabilidad política han afectado la conducción del sector defensa, con Fuerzas Armadas atrapadas entre la crisis institucional y la pérdida de respaldo. En Ecuador, pese al agravamiento del conflicto interno contra el crimen organizado, las Fuerzas Armadas siguen enfrentando restricciones presupuestarias, judicialización de sus actos de servicio y falta de reformas estructurales que garanticen una respuesta sostenida.
Y en Uruguay, esta situación se manifiesta con la inédita demora en el nombramiento del nuevo comandante en jefe de la Armada Nacional. A pesar de ser probablemente la principal fuerza estratégica del país, desde la asunción del nuevo gobierno en marzo de 2025 no se ha resuelto su liderazgo, generando incertidumbre, posibles retiros anticipados y tensiones internas. La defensa nacional requiere decisiones oportunas, presupuestos adecuados y liderazgo político firme. Por el contrario los mensajes parecen ir a contramano de lo que se necesita en la conducción de las Fuerzas Armadas. Y despierta desconfianza en la conducción y la intención de sus actos.
Lo contrario es una peligrosa renuncia a la soberanía en un continente donde el crimen, la inestabilidad y la competencia estratégica no dan tregua.
Ademas la adhesión a ideologías ajenas a nuestra región ponen finalmente en peligro la propia soberanía del Estado.