
Poder y uranio: el legado islámico y la disputa por el programa nuclear iraní
Por Fernando Vaccotti
La imagen que acompaña este artículo —una pieza magistral de caligrafía árabe con la inscripción “el sultán, hijo del sultán”— no es solo una muestra de arte decorativo islámico. Es también una declaración de poder, continuidad y soberanía. En el mundo musulmán, la caligrafía no es solo escritura: es política, teología y resistencia estética. Esta pieza, probablemente del periodo otomano o safávida, remite a una época en la que la autoridad religiosa y el dominio imperial se fundían en una sola figura.
Hoy, esa misma lógica simbólica reaparece con otros medios, en otras circunstancias. En un contexto geopolítico donde la estética ha sido reemplazada por uranio enriquecido, y donde los misiles han sustituido a los minaretes como expresión de autoridad, Irán vuelve a colocarse en el centro de la escena internacional.
Una estética del poder que persiste
El uso del arte como instrumento de poder no es exclusivo de Occidente. Mientras en Europa los retratos de monarcas imponían jerarquía visual, en el mundo islámico era la palabra de Dios -y su representación caligráfica- la que legitimaba el orden. La inscripción “el sultán, hijo del sultán” podía estar presente en mezquitas, tumbas o edificios oficiales, recordando que el linaje gobernante tenía una legitimidad casi divina.
Ese simbolismo no ha desaparecido. En Irán, la continuidad de la Revolución Islámica desde 1979 se ha sostenido no solo en su aparato militar y de inteligencia, sino en una narrativa simbólica: la de ser herederos legítimos de una tradición cultural, espiritual y, ahora, tecnológica.
El programa nuclear como proyección de soberanía
Según el artículo reciente de El País de Uruguay (26/06/2025), las negociaciones por el programa nuclear iraní se han reactivado, pero el expresidente Donald Trump expresó su escepticismo respecto a cualquier acuerdo futuro. Las dudas no son solo políticas, sino también estratégicas: Teherán ha convertido su programa nuclear en un emblema de resistencia y autonomía, desafiando no solo a Washington, sino al sistema internacional que pretende regular el acceso al poder atómico.

Foto: AFP.
El uranio enriquecido es, hoy, el nuevo calígrafo de la hegemonía. Así como en otro tiempo los sultanes buscaban legitimidad a través del arte y la religión, la República Islámica busca reconocimiento internacional a través de su capacidad científica y su eventual estatus como potencia nuclear.
Entre el soft power y el hard power
Irán proyecta poder de múltiples formas: desde su red de milicias aliadas (como Hezbollah y las Fuerzas de Movilización Popular), pasando por su diplomacia ideológica en América Latina y África, hasta su sofisticado aparato de ciberinteligencia. Pero también utiliza elementos de “soft power” cultural: la narrativa de resistencia islámica, el cine, la poesía y la reinterpretación constante del legado chiita.
La caligrafía, entonces, no está tan lejos del laboratorio nuclear. Ambas son formas de construir sentido, de marcar territorio y de consolidar una identidad política.
La desconfianza global y los límites de la diplomacia
Las potencias occidentales, especialmente Estados Unidos e Israel, no confían en las intenciones iraníes. La Agencia Internacional de Energía Atómica ha expresado preocupación por los avances técnicos que podrían reducir el “tiempo de ruptura” -el tiempo que Irán necesitaría para fabricar un arma nuclear si lo decidiera- a menos de una semana. Las consecuencias de una ruptura definitiva del acuerdo podrían incluir ataques preventivos, sabotajes cibernéticos y una nueva ola de desestabilización regional.
Al mismo tiempo, China y Rusia han respaldado a Teherán como socio estratégico en un tablero global cada vez más bipolar, donde el eje de poder se aleja de Washington.
Lo que vemos en la caligrafía antigua no es solo un arte ornamental. Es un acto político: un mensaje a los súbditos y a los enemigos. Lo mismo ocurre hoy con cada anuncio del programa nuclear iraní, cada satélite lanzado al espacio o cada reactor activado. Es un trazo en la historia: firme, calculado, y con un mensaje implícito de continuidad, poder y desafío.
La historia no se repite, pero rima. Y en el caso de Irán, la caligrafía del pasado parece encontrar eco en los pulsos de uranio del presente.