Venezuela bajo cerco naval: contexto, impacto y escenarios (agosto 2025)

Por Fernando Vaccotti

Contexto geopolítico y militar del despliegue estadounidense en el Caribe

Destructor estadounidense USS Gravely, parte de la flota desplegada cerca de Venezuela (foto EFE/EPA ).

En un despliegue naval histórico, el Gobierno de Estados Unidos ha reforzado en las últimas dos semanas su presencia naval y militar en aguas del Caribe, muy próximas a Venezuela, en lo que equivale a un cerco marítimo sin precedentes en años recientes . Según fuentes de Defensa, se han desplegado tres destructores Aegis con misiles guiados, un submarino nuclear y un grupo de buques de asalto anfibio con más de 4.000 infantes de Marina, apoyados por aeronaves de reconocimiento .

Este contingente, posicionado en su mayoría en aguas internacionales frente a las costas venezolanas, está a la espera de órdenes del Pentágono en el marco de la ofensiva antidrogas anunciada por la Casa Blanca .

Washington ha justificado públicamente la maniobra con una operación antinarcóticos. El almirante Daryl Caudle, jefe de Operaciones Navales de EE.UU., informó que los buques “respaldarán operaciones relacionadas con los cárteles de la droga” vinculados a Venezuela .

El presidente Donald Trump –quien asumió en enero de 2025– ha sido enfático en usar a las Fuerzas Armadas contra los carteles, a los que culpa por el tráfico de fentanilo y otras drogas hacia EE.UU. . En ese contexto, en febrero su gobierno designó como terroristas a varias organizaciones criminales latinoamericanas, incluido el venezolano Tren de Aragua, y además elevó la recompensa por la captura de Nicolás Maduro a 50 millones de dólares .

EE. UU. ha puesto precio para detener al líder narcoterrorista de Venezuela

La Casa Blanca insiste en que “todas las opciones están sobre la mesa” para desmantelar el Cartel de los Soles, la red de altos mandos chavistas acusada de narcotráfico . De hecho, la vocera presidencial Karoline Leavitt reiteró que Washington no reconoce a Maduro como gobernante legítimo, sino como “un cartel del narcotráfico” y un “prófugo acusado de tráfico de drogas” , lenguaje que subraya la visión de Venezuela como Estado criminal.

Aunque las probabilidades de una invasión inminente son bajas, el despliegue representa la mayor demostración de fuerza estadounidense en la región desde la crisis venezolana de 2019. Analistas civiles y militares de EE.UU. descartan por ahora una incursión terrestre en Venezuela.

No obstante, el cerco naval tiene objetivos claros como cortar las vías de financiamiento ilícito del régimen mediante el “ahogo” del contrabando de drogas, oro y armas por mar y aire . En paralelo, Washington ha emprendido una activa ofensiva diplomática para legitimar la medida, en los últimos días, varios países vecinos se han sumado a la lucha declarando al Cartel de los Soles como organización terrorista y ofreciendo cooperación (casos de Ecuador, Paraguay, Argentina, Guyana, Trinidad y Tobago, entre otros) .

Esta coordinación regional busca construir una coalición internacional contra el régimen de Maduro y el “flagelo” del narcotráfico, según expresó el secretario de Estado Marco Rubio, artífice de la iniciativa . En suma, en el plano geopolítico el cerco naval estadounidense combina poder militar y presión diplomática para acorralar al régimen venezolano, argumentando motivos de seguridad hemisférica y crimen transnacional.

La respuesta del régimen de Nicolás Maduro: militar, retórica e institucional

La reacción del chavismo ante el cerco ha sido desafiante en lo discursivo pero defensiva en los hechos. El dictador Nicolás Maduro ha desestimado la amenaza externamente, declarando que “más del 90% de los venezolanos rechaza las amenazas de EE.UU.” y que “esta tierra no la toca nadie” .

En su programa semanal de adoctrinamiento masivo, Maduro aseguró que Venezuela “está en su ley” y tachó las acusaciones de narcotráfico de “infundadas”, afirmando que ahora EE.UU. recurre a la excusa del narcotráfico igual que antes usó el anticomunismo o el antiterrorismo contra sus adversarios . En línea con esa retórica, el régimen insiste en que Venezuela no cultiva coca ni produce cocaína, a diferencia de Colombia, y acusa a Washington de usar el narcotráfico como “acusación de turno” para desestabilizar gobiernos incómodos . Maduro ha llegado a retar a EE.UU. a que “la guerra contra las mafias la libren en su propio territorio”, alegando que son mafias estadounidenses las que controlan el narcotráfico regional .

Más allá del discurso, el aparato propagandístico e institucional chavista se ha puesto en marcha. Los medios estatales y las redes sociales afines difunden la narrativa de una inminente “invasión imperialista”, buscando tanto victimizar al régimen como movilizar apoyo interno .

Maduro ha hecho un llamado a la población –especialmente a su menguada base chavista– para incorporarse en masa a la milicia nacional . De hecho, tras el anuncio del despliegue estadounidense, ordenó activar una “milicia voluntaria” y celebrar jornadas de reclutamiento popular el fin de semana .

El Gobierno proclamó estas jornadas como exitosas, aunque sin datos concretos, mientras la oposición reportó plazas vacías y desobediencia ciudadana al llamado . Cabe recordar que el chavismo alega tener 4,5 millones de milicianos, cifra poco creíble dada la masiva pérdida de apoyo y la migración de millones de venezolanos –incluyendo antiguos adeptos oficiales– en busca de mejor vida . Aun así, la escenificación de ejercicios y alistamientos pretende dar imagen de cohesión cívico-militar frente a la amenaza externa.

Todo se presenta como intentos desesperados de una banda criminal que ha capturado durante dos décadas a Venezuela y que enfrenta seguramente su etapa final de poder, por lo menos en este formato y con estos cabecillas.

En el plano militar oficial, Venezuela ha respondido con sus propias maniobras. El martes 26 de agosto, el régimen anunció el despliegue de buques de la Armada, drones y 15.000 efectivos para reforzar operaciones antinarcóticos tanto en la frontera terrestre con Colombia como en aguas del Caribe .

Esta demostración paralela –justificada también bajo el pretexto de combatir el narcotráfico– busca proyectar soberanía y advertir que el país “se defenderá” en caso de agresión. Adicionalmente, el gobierno de Maduro prohibió vuelos de drones civiles y afirmó haber descubierto planes de golpe orquestados desde EE.UU., medidas típicas para aumentar el estado de alerta interna (y controlar la narrativa) .

En el terreno diplomático, Caracas recurrió a instancias multilaterales, por ejemplo su embajador ante la ONU, Samuel Moncada, se reunió con el Secretario General António Guterres para denunciar el despliegue de EE.UU. como acto hostil y exigir respeto a la soberanía venezolana . Asimismo, el bloque de países aliados del régimen (la ALBA) emitió comunicados condenando la “agresión” estadounidense, línea agradecida públicamente por Maduro .

Curiosamente, el chavismo ha hecho un culto sobre montar propaganda anti-ONU durante más de una década, llegando a cerrar oficinas en su país y solicitar la remoción de funcionarios en varias oportunidades.

Por otro lado, en un gesto llamativo durante esta coyuntura, el régimen procedió a liberar 13 presos políticos a finales de agosto, incluyendo figuras opositoras de alto perfil .

Organizaciones de derechos humanos celebraron estas excarcelaciones y pidieron más liberaciones, interpretándolas como una posible concesión táctica del chavismo bajo presión . No es descartable que, sintiéndose acorralado internacionalmente, Maduro busque aliviar críticas en materia humanitaria para ganar tiempo o dividir a la oposición.

Organismos independientes estiman que 2025 cerrará con alrededor de 180% de inflación , y tan solo en el primer trimestre ya se acumuló 36% . El Banco Central dejó de publicar cifras oficiales desde fines de 2024, en medio de nuevas devaluaciones del bolívar . La dolarización de facto brinda algo de alivio en transacciones urbanas, pero la mayoría de la población sigue sumida en la precariedad.

Sin embargo, en conjunto, su respuesta principal ha sido atrincherarse retóricamente, exhibir lealtad militar interna y explotar el cerco externo para reafirmar su discurso nacionalista. Esta combinación de desafío público y medidas defensivas refleja la lógica de supervivencia de un régimen aislado, endurecer el control interno y tratar de demonizar la amenaza externa para mantener cohesión, mientras evita provocaciones directas que pudieran detonar una confrontación que difícilmente podría ganar.

Presión externa e interna: situación económica, social y migratoria en Venezuela

El cerco internacional llega en un momento de extrema fragilidad económica y social en Venezuela. Tras una breve estabilización en 2022-2023, la economía venezolana entró nuevamente en turbulencia: el PIB volvió a contraerse (se proyecta –4% para 2025 según el FMI ) y la inflación anual, que había bajado de los niveles hiperinflacionarios, retomó una senda acelerada.

Los indicadores sociales continúan en terreno de crisis humanitaria. Según la última encuesta nacional de condiciones de vida (ENCOVI 2024), un 56,5% de los hogares seguía en pobreza multidimensional el año pasado . Aunque la pobreza extrema (insuficiencia incluso para alimentos) retrocedió levemente, aún abarcaba 3,4 millones de hogares en 2024 –aproximadamente la mitad de la población si se extrapola–, evidencia de la devastación acumulada.

ENCOVI 2024

La inseguridad alimentaria sigue alta (78% con preocupación por falta de comida) y un 41% de los encuestados confesó haberse quedado sin alimentos en 2024 . Estas tímidas mejorías de 2024 obedecieron en parte a cierta estabilidad cambiaria y a la dolarización parcial, pero ya se observan retrocesos en 2025, con más volatilidad y precios en alza . El régimen ha alegado un supuesto crecimiento económico (habló de 16 trimestres en alza) y culpa de nuevo a las sanciones externas por las dificultades , pero la realidad en la calle es que los servicios básicos (electricidad, agua, salud) siguen colapsados, y millones de venezolanos dependen de remesas enviadas por familiares en el extranjero para sobrevivir.

La presión interna contra Maduro se manifiesta más en la desesperación social que en protestas organizadas, pues la represión ha diezmado la capacidad de movilización. Aun así, han persistido protestas puntuales de trabajadores (especialmente del sector público, por salarios míseros) y reclamos por servicios, aunque sin coordinación nacional.

Políticamente, la oposición interna se encuentra dividida tras las disputadas elecciones de 2024; la líder opositora María Corina Machado asegura haber ganado esos comicios y es reconocida como vencedora legítima por EE.UU. y otros países , pero en la práctica el chavismo retuvo el poder mediante control institucional y fraude.

Este impasse mantiene al gobierno con legitimidad cuestionada doméstica e internacionalmente, pero también a la oposición sin vías claras para canalizar el descontento popular. El cerco naval de EE.UU. ha sido presentado por parte de la oposición como una señal de que “el fin de Maduro se acerca”, reviviendo esperanzas de cambio apoyado desde el exterior . Sin embargo, observadores advierten que este tipo de expectativas ya frustró antes a la población –recordando falsos rumores de intervención en años previos– y podría ser una “trampa” que genere desilusión si no se concreta .

En cuanto a la crisis migratoria, la situación es apremiante. Venezuela ha experimentado uno de los mayores éxodos de la historia reciente: cerca de 7,9 millones de venezolanos han salido del país buscando refugio o mejores oportunidades .

Esta cifra (actualizada a mayo de 2025) equivale a más de una cuarta parte de la población pre-crisis. Países vecinos de América Latina y el Caribe han acogido a la gran mayoría (unos 6,7 millones) de estos migrantes , pese a que muchos de esos países enfrentan sus propios desafíos económicos.

Comunidades receptoras en Colombia, Perú, Ecuador, Chile, Brasil, entre otras, están saturadas y han debido implementar procesos de regularización migratoria para atender a los venezolanos . Organismos internacionales como ACNUR alertan que la mitad de los refugiados y migrantes venezolanos en la región no puede costear ni tres comidas diarias ni acceder a vivienda digna , es decir, la pobreza acompaña a la diáspora en el exilio.

Dentro de Venezuela, esta migración masiva también ha tenido efectos sociales: separación de familias, escasez de personal calificado (se perdió capital humano profesional), así como debilitamiento de la base política chavista –pues muchos simpatizantes jóvenes también emigraron por la crisis –.

En suma, el país sufre una sangría demográfica que alivia la presión poblacional interna a corto plazo (menos desempleados que alimentar) pero agrava el aislamiento y la pérdida de talento a largo plazo. Con el actual cerco naval y la expectativa de tensiones, es posible que nuevos contingentes de venezolanos opten por huir, temiendo un empeoramiento de la situación. Las rutas migratorias podrían incluso volverse más peligrosas si el bloqueo marítimo limita vías legales de salida, empujando a muchos a caminos irregulares. Así, la conjunción de presión externa (sanciones, cerco) e interna (colapso económico e institucional) mantiene a la sociedad venezolana en una situación límite, sin alivio a la vista en el corto plazo.

Reacciones regionales e internacionales ante el cerco

El cerco naval estadounidense ha provocado reacciones divididas en la región y el mundo, alineadas en gran medida con las afinidades ideológicas de cada gobierno. Por un lado, los aliados de Maduro han alzado la voz contra la maniobra de Washington. El gobierno de Cuba, por ejemplo, rechazó enérgicamente el despliegue naval y lo tildó de “peligrosa demostración de fuerza” que amenaza la soberanía latinoamericana .

La Cancillería cubana calificó de “pretexto absurdo y sin fundamento” la acusación de EE.UU. de que Maduro colabora con el narcotráfico . En tono similar, la alianza ALBA (que agrupa a países como Cuba, Nicaragua, Bolivia, y pequeños estados caribeños aliados de Caracas) emitió una condena conjunta: en una cumbre extraordinaria, sus líderes advirtieron de las “intenciones ilegales e injerencistas” de Washington y llamaron a la unión latinoamericana para resistir la agresión .

Estuvo presente el primer ministro Ralph Gonsalves (San Vicente y Granadinas), entre otros, y todos manifestaron solidaridad con Venezuela . Además, potencias globales con intereses en Venezuela han respaldado diplomáticamente a Maduro. El gobierno de Rusia expresó su “apoyo firme” al Ejecutivo venezolano frente a las “amenazas a su soberanía”, reiterando su solidaridad y probablemente ofreciendo cooperación encubierta (inteligencia, insumos militares) para sortear el cerco .

China, por su parte, criticó abiertamente la presencia naval de EE.UU.: la portavoz de Exteriores Mao Ning declaró que Pekín “se opone a cualquier acción que infrinja la soberanía de otros países” y exhortó a Washington a evitar el uso de la fuerza o la interferencia en asuntos internos venezolanos . Beijing incluso advirtió que tales maniobras “amenazan la paz regional” e instó a EE.UU. a hacer “más por la estabilidad de Latinoamérica en lugar de medidas militares” . Esta postura china refleja tanto su alianza con Caracas (China es acreedor e inversionista en el sector petrolero venezolano) como su principio doctrinario de no intervención.

En contraste, varios países del Caribe y Sudamérica han mostrado comprensión e incluso apoyo hacia la iniciativa estadounidense, especialmente aquellos afectados por el crimen transnacional emanado de Venezuela. Destaca el caso de Trinidad y Tobago: su primera ministra, Kamla Persad-Bissessar, respaldó públicamente el despliegue militar de EE.UU. cerca de Venezuela y admitió que los pequeños estados insulares “no cuentan con recursos para enfrentar a los carteles de la droga” por sí solos . Persad denunció que su país lleva 20 años sumido en violencia ligada al narcotráfico y tráfico de armas, y afirmó que “nada impedirá” a su gobierno acoger con agrado la ayuda estadounidense contra los “cárteles terroristas de la droga” .

Más sorprendente, la jefa de gobierno trinitense declaró que si Venezuela ataca a la vecina Guyana y EE.UU. le solicita usar territorio de Trinidad como apoyo, lo concedería “sin dudar” Esto evidencia la grave preocupación regional ante un posible conflicto: Trinidad, muy próxima geográficamente a Venezuela, se prepara incluso para un hipotético escenario bélico en defensa de Guyana.

Guyana, a su vez, ha aprovechado la coyuntura para denunciar la infiltración del llamado Cartel de los Soles en la región. El gobierno guyanés pidió fortalecer la cooperación contra el narcoterrorismo transnacional , dejando implícito su respaldo a la acción contra la estructura criminal chavista. No es casualidad: Guyana mantiene un diferendo territorial histórico con Caracas y ha sufrido incursiones y amenazas, además de albergar a miles de migrantes venezolanos. De hecho, Venezuela reaccionó airadamente acusando a Guyana de servir de “peón” a los “oscuros intereses” de la petrolera ExxonMobil (que opera en territorio guyanés disputado) , una retórica ya conocida que busca deslegitimar las quejas guyanesas atribuyéndolas a terceros (EE.UU. vía Exxon).

Entre los países sudamericanos, las posturas varían según el signo político. El presidente de Colombia, Gustavo Petro, de izquierda, manifestó su rechazo a cualquier intervención militar en Venezuela, alertando que una invasión de EE.UU. “metería a Venezuela en un escenario tipo Siria y arrastraría a Colombia a otro conflicto” . Petro incluso ordenó reforzar la presencia militar en la convulsa región fronteriza del Catatumbo con 25.000 soldados, argumentando que la clave para vencer a las mafias es la coordinación binacional con Venezuela, no acciones unilaterales foráneas . Maduro elogió esta medida de Petro como muestra de que ambos países “vigilan y cuidan la frontera unidos por la paz” , intentando exhibir sintonía con Bogotá frente al problema común del narcotráfico.

Sin embargo, cabe notar que Petro –si bien crítico del despliegue de EE.UU.– no defiende a Maduro en sí, sino que enfatiza soluciones concertadas y rechaza el enfoque militar de Washington. Otros gobiernos de la región, como los de México, Bolivia o Argentina, han mantenido un perfil bajo públicamente; México (bajo un presidente izquierdista) seguramente rechaza la idea de una intervención armada, aunque no ha apoyado explícitamente a Maduro en este episodio. Brasil, con Lula da Silva nuevamente en el poder, también se opone a cualquier violación de soberanía venezolana, pero ha instado al diálogo y elecciones libres como salida, manteniendo distancia de Trump. Por su parte, Curazao y otros microestados caribeños cercanos a Venezuela han optado por la neutralidad preventiva: el primer ministro curazoleño “reiteró que su país es y permanecerá neutral” ante las tensiones, para tranquilizar a su población dada la cercanía de 65 km con Venezuela . Esto refleja el temor de los pequeños vecinos insulares de verse atrapados en una confrontación mayor entre EE.UU. y Venezuela.

En el ámbito más amplio, la Unión Europea ha guardado relativo silencio en cuanto al despliegue naval; recordemos que la UE no apoya soluciones militares en Venezuela pero sí desconoce a Maduro y mantiene sanciones individuales. Es de suponer que países europeos ven con reservas la acción de Trump, temiendo una escalada, aunque comparten la preocupación por el narcotráfico y la crisis venezolana. Organismos multilaterales como la ONU han recibido las quejas de Caracas, pero difícilmente actuarán sin consenso en el Consejo de Seguridad (donde Rusia y China vetarían cualquier respaldo a operaciones contra Maduro). Mientras tanto, actores no gubernamentales también se pronunciaron: grupos conservadores y anticomunistas latinoamericanos aplaudieron la presión militar de EE.UU. como un paso necesario para derrocar a un régimen que consideran una narcodictadura, según reportes de prensa . En cambio, movimientos de izquierda y organizaciones sociales alertaron del peligro de guerra y del sufrimiento adicional para el pueblo venezolano, evocando recuerdos del embargo a Cuba y otras intervenciones fallidas.

En síntesis, el cerco naval ha polarizado las reacciones internacionales: los aliados de Venezuela lo denuncian como agresión imperialista, los países afectados por el narcotráfico lo ven como ayuda bienvenida, y muchos otros mantienen cautela. Esta división refleja tanto la compleja geopolítica regional –donde Venezuela tiene apoyos y detractores– como la delicada naturaleza de la acción estadounidense, que si bien persigue objetivos legítimos (antidrogas y democráticos), conlleva el riesgo de escalar a un conflicto de mayores proporciones con implicaciones hemisférica

Escenarios futuros probables para Venezuela bajo el cerco

Considerando la dinámica actual –presión militar de EE.UU., respuesta desafiante de Maduro, y la fragilidad interna de Venezuela–, se pueden esbozar varios escenarios prospectivos a corto y mediano plazo. Estos escenarios van desde una prolongada disuasión sin conflicto abierto, hasta distintos grados de escalada militar o colapso interno. A continuación, se analizan cuatro escenarios plausibles:

Escenario A: Disuasión sostenida (statu quo prolongado). En este escenario, el despliegue naval de EE.UU. se mantendría de forma indefinida como medida de presión y contención, pero sin intervención directa. El cerco continuaría interceptando cargamentos ilícitos (drogas, oro, combustible de contrabando) y ampliando las sanciones, buscando asfixiar económicamente al régimen y forzar gradualmente fracturas internas. Maduro, por su parte, resistiría atrincherado, con apoyo de sus socios internacionales (Rusia, China, Irán) que podrían aumentar discretamente el suministro de alimentos, combustible o asesoría para esquivar sanciones. La oposición venezolana y la comunidad internacional favorable a la democracia mantendrían la esperanza de un quiebre interno pacífico (por ejemplo, una negociación que lleve a elecciones libres o una renuncia negociada) mientras el país se hunde más en la crisis. Este escenario recuerda al modelo “Cuba post-1962” o Zimbabue bajo sanciones: un impasse prolongado donde el régimen sobrevive años en aislamiento. Probabilidad: Alta, según varios analistas, dado que Washington descarta por ahora una invasión real   y prefiere el desgaste gradual. Implicaciones: prolongación del sufrimiento económico y humanitario de los venezolanos; riesgo de que el mundo “normalice” la situación en el tiempo; posibilidad de transición diferida si eventualmente el régimen colapsa por implosión interna (p.ej., muerte de Maduro, golpe palaciego) sin intervención extranjera directa.

Escenario B: Escalada quirúrgica limitada. Aquí, Estados Unidos optaría por acciones militares puntuales sin llegar a una invasión total. Podría tratarse de operativos especiales para capturar a líderes del Cartel de los Soles o a Maduro mismo (aprovechando la recompensa multimillonaria), ataques aéreos selectivos contra instalaciones clave (p.ej., laboratorios de droga, pistas clandestinas, o incluso contra baterías antiaéreas si representaran una amenaza) o interdicciones agresivas en altamar que deriven en enfrentamientos breves. Un ejemplo hipotético: comandos de EE.UU. o Colombia realizando una incursión para detener a algún general venezolano acusado de narcotráfico. Estas acciones buscarían debilitar militarmente al régimen o descabezar su cúpula, sin ocupar el país. Serían similares al modelo de intervenciones quirúrgicas de EE.UU. en América Latina durante la Guerra Fría (por ejemplo, capturas de capos narco en Centroamérica) o incluso al operativo que detuvo a Noriega en Panamá 1989, pero a menor escala. Probabilidad: Media, condicionada a provocaciones o justificaciones claras. Podría detonar si, por ejemplo, Venezuela ataca primero a un buque de EE.UU. o si surge evidencia flagrante (como un cargamento masivo de armas iraníes entrando a Venezuela). Por ahora Trump parece satisfecho con la presión sin uso de fuerza, pero su retórica de “todo el poder” disponible  deja la puerta abierta. Implicaciones: Riesgo de respuesta militar venezolana; Maduro ha advertido que Venezuela se defenderá, y aunque el poderío relativo es dispar, un incidente podría escalar. Una acción quirúrgica exitosa (ej. captura de un narco-general) podría intimidar al resto de la élite, acelerando su deserción. Pero también podría fortalecer la narrativa nacionalista del régimen si hiere soberanía. El factor clave sería la rapidez y precisión: golpes bien calculados podrían acelerar el fin del régimen con mínima violencia, mientras que cualquier error (daños colaterales, muertes civiles) podría voltear la opinión internacional en contra de EE.UU. y darle oxígeno propagandístico a Maduro.

Escenario C: Intervención militar limitada/multilateral. En este caso, la situación evoluciona hacia una acción armada más amplia, pero aún acotada, para derrocar al régimen o forzar un cambio de gobierno. No sería una ocupación al estilo Irak 2003, sino una operación de coalición regional con objetivos delimitados. Por ejemplo, podría contemplarse la creación de una cabeza de playa en territorio venezolano (una zona “liberada” fronteriza, tal vez en el occidente cerca de Colombia, para establecer un gobierno interino reconocido), o un golpe de mano en Caracas con fuerzas especiales de varios países para arrestar a la cúpula chavista. Este escenario requeriría un cierto consenso internacional: que naciones latinoamericanas sumen apoyo político o incluso logístico (base en Guyana o Curazao, fuerzas colombianas o brasileñas involucradas, etc.). Las señales de esto se vislumbran en la coalición diplomática anti-narcotráfico que EE.UU. dice estar formando –con Ecuador, Paraguay, Argentina, Guyana, T&T, etc. dispuestos a cooperar  –, aunque de ahí a comprometer tropas hay un trecho. Probabilidad: Baja en el presente, pero podría aumentar si ocurren eventos catalizadores: p.ej., una masacre interna en Venezuela que conmocione al mundo, o pruebas irrefutables de que Maduro financia terrorismo. Trump querría evitar un atolladero bélico en año electoral 2026, a menos que perciba una intervención rápida y victoriosa. Implicaciones: De llevarse a cabo, este escenario significaría el fin del régimen Maduro mediante la fuerza y la instalación de un nuevo gobierno (posiblemente encabezado por la oposición reconocida, como Machado). Sin embargo, conlleva enormes desafíos: la reacción de Rusia y China (podrían armar clandestinamente a facciones leales para un conflicto proxy), la fidelidad del ejército venezolano (¿se rendiría o libraría guerrilla?), y la legitimidad post-conflicto. Un intervención limitada exitosa podría asemejarse al caso Panamá 1989 (derrocaron a Noriega en días), pero si enfrenta resistencia prolongada, podría degenerar en un escenario tipo Siria (guerra civil prolongada con participación externa), algo que tanto detractores como aliados de Maduro temen abiertamente . La comunidad internacional estaría dividida: algunos aplaudirían la liberación de Venezuela, otros condenarían la violación de soberanía. Es, en pocas palabras, el escenario de mayor riesgo geopolítico.

Escenario D: Colapso interno del régimen. Este escenario vería la caída de Maduro principalmente por factores internos, aunque estimulados indirectamente por la presión externa. Podría tomar la forma de un golpe de Estado palaciego (militares de alto rango que, ante el cerco y las recompensas, deciden traicionar a Maduro para salvar sus propias cabezas), o de un levantamiento popular espontáneo que rompa el miedo y logre sobrepasar a las fuerzas de seguridad, quizás catalizado por un agravamiento extremo de las condiciones de vida. También cabría un escenario de implosión económica total: hiperinflación descontrolada o falta absoluta de combustible/energía que provoque anomia y desgobierno. En cualquier caso, en este escenario la iniciativa del cambio vendría desde dentro de Venezuela, no impuesta por marines extranjeros. La estrategia de EE.UU. de “hacer ruido” y ofrecer incentivos para la deserción apunta precisamente a fomentar este resultado . El aumento de la recompensa a $50 millones por Maduro  y las sanciones personalizadas buscan que algún allegado cercano calcule que entregarlo es mejor negocio que sostenerlo. Probabilidad: Media. Aunque el chavismo ha resistido intentos de quiebre internos en el pasado (lealtad mediante clientelismo, inteligencia cubana, etc.), la historia muestra que regímenes autoritarios bajo intenso aislamiento tienden eventualmente a fisurarse. La incógnita es cuándo; podría ser cuestión de meses si la élite siente que el fin es inevitable, o de años si logran atrincherarse. Implicaciones: Un colapso interno probablemente resultaría en menos derramamiento de sangre que una invasión foránea, y facilitaría una transición aceptable para más actores (incluso quienes recelan de EE.UU.). No obstante, no garantiza estabilidad: tras la caída, podrían brotar disputas entre facciones del chavismo y la oposición sobre cómo reconstruir el país. Además, un golpe militar que reemplace a Maduro por otro general “ni-ni” podría perpetuar un régimen autoritario sin Maduro, algo que la oposición civil no vería con buenos ojos. En cualquier caso, este escenario ofrecería la ventaja de ser visto como un cambio autóctono, haciendo más viable la reinserción internacional de Venezuela y reduciendo las tensiones geopolíticas globales en torno al país.

En resumen, ninguno de los escenarios está predeterminado y todos conllevan incertidumbres significativas.

Una conclusión: La lectura crítica de un Estado criminal bajo cerco internacional

Desde una perspectiva crítica , la situación actual de Venezuela puede entenderse como el cerco final a un Estado criminal que durante años ha erosionado la estabilidad de la región. El régimen de Maduro –heredero del proyecto chavista pero desprovisto del carisma y la bonanza petrolera de Hugo Chávez– se ha convertido en una cleptocracia autoritaria sostenida por redes ilícitas: narcotráfico, minería ilegal, trata de personas, corrupción a gran escala y connivencia con grupos armados.

Es el paradigma del crimen organizado persiguiendo su objetivo final de captación del Estado a todo nivel.

Washington y varios gobiernos del hemisferio ahora tratan a Venezuela no como un Estado normal, sino como una empresa criminal que usurpa el poder de un pueblo empobrecido . Las medidas drásticas de las últimas dos semanas –el despliegue naval, las designaciones terroristas, las recompensas millonarias– responden a la lógica de que enfrentar a Maduro es más análogo a desmontar una organización mafiosa que a negociar con un gobierno legítimo. En palabras de la opositora María Corina Machado, en Venezuela se ha “apoderado [del Estado] una empresa criminal” , y la única respuesta efectiva es tratarla como tal, con cerco, aislamiento y eventualmente captura de sus cabecillas.

Por supuesto, esta lectura sin eufemismos implica reconocer también la tragedia nacional que conlleva el proceso. Un régimen de estas características no duda en sacrificar a su población en pos de su supervivencia: Maduro y su círculo criminal han tolerado –cuando no provocado– el colapso de los servicios básicos, la hambruna y el éxodo de millones, con tal de mantenerse en el poder y seguir lucrando de actividades ilícitas. Se trata de un Estado fallido en su deber social, pero sumamente eficiente en la represión y el control mediante el miedo.

La comunidad internacional comenzando por la ONU se ha mostrado permisiva y generó que la podredumbre avanzara demasiado; las medias tintas de diálogos fallidos y sanciones parciales dieron tiempo al régimen para mutar y atrincherarse. Ahora, el cerco internacional es más contundente, pero llega con años de retraso y enfrenta la crítica de quienes temen sus consecuencias. No obstante, un análisis crudo sugiere que no cercar a este tipo de régimen equivaldría a prolongar indefinidamente el sufrimiento de un país entero y a exportar inestabilidad a sus vecinos (vía crimen organizado, migración descontrolada, alianzas con potencias autoritarias extra hemisféricas).

En esta hora decisiva, es fundamental mantener la claridad moral y estratégica: el objetivo no es castigar a Venezuela, sino liberarla de una cúpula corrupta que secuestró sus instituciones. Cada paso de presión debe calibrarse para debilitar al régimen sin infligir daño adicional a los 25 millones de venezolanos inocentes que aún resisten dentro. La historia juzgará a los actores internacionales por su capacidad de combinar firmeza con inteligencia. Un cerco puede llevar al aislamiento estéril (como Cuba) o al preludio de la libertad (como Sudáfrica, cuyo régimen de apartheid cayó tras sanciones sostenidas). En el caso venezolano, la diferencia la harán la unidad de propósito de las fuerzas prodemocracia y la resiliencia del pueblo venezolano para sobrellevar la etapa final de esta confrontación.

En conclusión, Venezuela se encuentra en un punto de inflexión crítico. El cerco naval y político impuesto por Estados Unidos en las últimas dos semanas ha puesto al régimen de Maduro contra las cuerdas internacionalmente, exponiendo su naturaleza de Estado forajido.

La respuesta bravucona de Maduro no oculta su aislamiento ni la erosión interna de su base. La economía colapsada y la fractura social añaden urgencia a una resolución. Las reacciones regionales e internacionales evidencian que ya pocos son indiferentes: se está trazando una línea divisoria entre quienes apuestan por la restauración democrática y quienes, por conveniencia ideológica o interés, sostienen a la dictadura. Las comparaciones históricas enseñan que ni los bloqueos prolongados ni las intervenciones improvisadas son caminos ideales –cada opción conlleva altos costos–.

Sin embargo, el peor escenario sería la inacción complaciente: dejar que un régimen criminal permanezca indefinidamente en el poder, convirtiendo a Venezuela en una especie de zona franca para el delito transnacional y la miseria humanitaria.

En cualquier caso, la evidencia de estos quince días recientes confirma una premisa esencial: el chavismo gobernante se comporta como un estado mafioso bajo asedio, y como tal está siendo finalmente tratado por buena parte de la comunidad internacional –una verdad cruda, pero necesaria para enfrentar con realismo la crisis venezolana .

Fuentes: La información y análisis presentados se basan en reportes noticiosos de Associated Press , Agencia EFE , y medios internacionales como Infobae , AP News , Telemundo , El Universo , entre otros citados a lo largo del texto. Estas fuentes documentan los eventos ocurridos en la segunda quincena de agosto de 2025, incluyendo declaraciones oficiales, datos económicos (ENCOVI, FMI) y reacciones de diversos gobiernos, proporcionando un sustento factual y verificable al análisis realizado.

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Autor: Fernando Vaccotti

Former Field Security Officer OIM AMCA Venezuela. Consultor Privado en FV Consulting. Experto en Seguridad Internacional. Security Consulting Services & Solutions. Consultor Experto en Seguridad WFP (Programa Mundial de Alimentos ONU). Field Security Officer en OIM ONU -Migración. Soluciones en Seguridad Multidimensional. Pensando soluciones fuera de la caja. Out of box thinking.

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