Por Fernando Vaccotti
Hoy, varios conflictos que no necesariamente están conectados entre sí, pero que se superponen en la percepción global y alimentan un clima de inseguridad generalizada, convierten al globo en un lugar más inseguro o al menos con una sensación de que se vive en un caos.
Qué ha pasado
Qatar aparece como un punto vulnerable en Medio Oriente, en medio de tensiones regionales que arrastran tanto a Irán como a las potencias occidentales.
Nepal, aunque tradicionalmente periférico, es sacudido por crisis internas y la presión geopolítica de India y China.
Venezuela es un epicentro de fricción en América Latina, con sanciones, bloqueos navales y pugnas por el control político y energético. El régimen autoritario que usurpa el Gobierno está cercado y cerca de caer.
EE.UU. interviene en múltiples tableros, proyectando poder militar y enfrentando críticas por su rol de “gendarme global”.
China, Rusia, India, Corea del Norte y la OTAN son testigos de estos desarrollos calculando sus propios movimientos.

La superposición de banderas quemadas y multitudes corriendo en la imagen de este artículo simbolizan cómo los conflictos locales se entrelazan en la narrativa de un orden mundial en crisis.
Lo que emerge es un escenario de fragmentación del sistema internacional, donde no hay un árbitro único de estabilidad; una escalada de guerras híbridas, con misiles , sanciones, operaciones cibernéticas y propaganda; sociedades civiles atrapadas en la primera línea del caos, con desplazamientos masivos y una gran confusión generalizada.
En síntesis, el mundo asiste a una policrisis donde cada chispa nacional se magnifica y alimenta la sensación de que vivimos un tiempo desbordado por amenazas cruzadas e imprevisibles.