Opinión de Fernando Vaccotti
El asesinato de Charlie Kirk no solo apagó una figura clave del movimiento conservador en EE. UU., sino que dejó al descubierto la fragilidad de los espacios democráticos de debate. Que un orador caiga a manos de un francotirador mientras respondía preguntas sobre tiroteos masivos es una ironía cruel que resume la espiral de violencia que atraviesa a Estados Unidos y, por extensión, a todo el continente americano.
Este episodio recuerda lo ocurrido en Butler, Pensilvania, con el intento de asesinato de Donald Trump en 2024: ambos casos subrayan que la protección ejecutiva moderna no puede seguir apoyándose en la lógica del “cordón humano armado”. La seguridad de personalidades públicas requiere pasar del modelo reactivo al modelo proactivo, donde se privilegia la anticipación y se integran capas de seguridad invisibles pero efectivas.
En suma, el asesinato de Kirk debe ser leído no solo como un crimen político, sino como la evidencia del fracaso de un paradigma de protección que insiste en custodiar al individuo en cercanía mientras descuida la lectura integral del entorno. La lección es dura: el enemigo aprovecha los ángulos muertos que la seguridad deja abiertos.
A continuación, un excelente artículo de Eduardo Hurtado, un especialista.
Eduardo E. Hurtado R. MBA, CPP®
Corporate Security Management
September 13, 2025
¿Estamos Preparados para un Próximo Atentado?
Por Eduardo E. Hurtado – MBA, CPP
La Industria de la Protección Ejecutiva esta hoy bajo la lupa, el asesinato del presidente John F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963 sigue siendo uno de los episodios más impactantes de la historia de los Estados Unidos. Kennedy viajaba en un vehículo descapotable durante una caravana en Dallas, Texas, lo que lo dejó completamente expuesto y vulnerable. Esta condición fue aprovechada por un atacante, quien abrió fuego y le causaron heridas mortales ante la mirada atónita de miles de personas y de las cámaras que transmitían el evento. Aquel día marcó un antes y un después en la protección de los mandatarios.
Tras el atentado, el Servicio Secreto revisó y fortaleció sus protocolos de seguridad, adoptando de forma permanente el uso de vehículos cerrados y blindados para el transporte presidencial. Esta medida buscó reducir la exposición del mandatario en espacios abiertos y minimizar el riesgo de ataques.
Hoy, la flota presidencial incluye automóviles altamente protegidos, conocidos como “The Beast”, que integran blindaje avanzado, sistemas de comunicación seguros y protección balística completa. Esta evolución se convirtió en un estándar para la protección de dignatarios en todo el mundo.
Décadas más tarde, fuimos testigos del atentado contra el presidente Donald Trump durante un evento de campaña al aire libre. El entonces expresidente fue blanco de disparos de francotirador que pusieron su vida en riesgo. En ese momento, su esquema de protección estaba compuesto por una combinación de agentes del Servicio Secreto y fuerzas de seguridad locales, lo que generó desafíos de coordinación y respuesta.
Este ataque volvió a poner en evidencia la vulnerabilidad de los candidatos presidenciales en actos públicos y provocó una revisión de los protocolos de seguridad para figuras consideradas de alto riesgo. Como resultado, se reforzaron los anillos de protección, se incrementó el uso de tecnología de detección de amenazas a distancia y se establecieron procedimientos más estrictos para la supervisión de perímetros y accesos en eventos masivos.
Más recientemente, el asesinato de Charlie Kirk ha conmocionado al mundo político y a la industria de la seguridad ejecutiva. Kirk recibió un disparo presuntamente en el cuello, en la llamada “T de la Vida”, lo que provocó su muerte casi de inmediato. Según reportes preliminares del FBI, el ataque fue ejecutado por un francotirador a considerable distancia, aunque el examen forense oficial no ha sido publicado, lo que mantiene abiertas especulaciones sobre la dirección exacta del disparo. Kirk contaba con un equipo de protección ejecutiva, aunque se desconoce si fue personal contratado directamente por él o una empresa subcontratada.
Para muchos expertos, el hecho se interpreta como un fallo crítico de protección, ya que no hay certeza de si el esquema incluía contravigilancia, análisis de riesgos, planificación de avanzada o medidas mitigantes integrales. La tragedia evidencia una realidad incuestionable: la seguridad no se mide por intenciones, sino por resultados. Para cualquier profesional de protección ejecutiva, que un protegido pierda la vida es el peor desenlace posible y deja una huella imborrable en su trayectoria.
Este tipo de incidentes reabre el debate sobre la necesidad de evolucionar hacia esquemas de seguridad predictiva, el uso de tecnología de detección temprana, el diseño de escenarios más controlados y la instalación de barreras balísticas transparentes en eventos al aire libre. También invita a replantear decisiones estratégicas como la selección del lugar, un evento de esta magnitud podría haberse realizado en un salón cerrado, con accesos controlados, complementado con pantallas y sistemas de transmisión para el público que quedara en el exterior.
Aunque se observó presencia de personal de seguridad y control de acceso, no se reportó la existencia de una ambulancia en sitio ni de un plan médico de respuesta inmediata, lo que subraya la importancia de integrar esquemas de atención de emergencias en los planes de protección. Tampoco se registró la aplicación inmediata de primeros auxilios, aunque es probable que algunos de los profesionales presentes estuvieran capacitados y que el esfuerzo resultara infructuoso por la gravedad de la herida.
Estos eventos nos obligan a reflexionar sobre la necesidad de profesionalizar aún más la industria de la protección ejecutiva. Hoy, abundan servicios con niveles de competencia desiguales, y es fundamental entender que un curso básico de escolta o incluso haber servido en fuerzas especiales, policía o unidades tácticas no garantiza la capacidad de gestionar la protección integral de un principal. Un verdadero profesional debe combinar formación académica, experiencia de campo y entrenamiento táctico, con una mentalidad orientada a la prevención y la anticipación de amenazas, algo que no se aprende en programas cortos ni en entrenamientos aislados.
Otro desafío importante es la disposición del cliente. Con frecuencia, quienes requieren el servicio no están dispuestos a invertir lo necesario ni a seguir las recomendaciones estratégicas del equipo de seguridad. Solicitudes de análisis de riesgos, planes de avanzada, uso de tecnología, coordinación logística y medidas de protección electrónica suelen enfrentarse con objeciones presupuestarias, lo que conduce a soluciones incompletas que generan una falsa sensación de seguridad.
Además, la industria le ha dado prioridad al entrenamiento táctico sobre una amplia preparación académica. Muchos agentes enfocan su desarrollo en armas y artes marciales, pero descuidan la planificación estratégica, la comprensión legal de un enfrentamiento con armas de fuego, la capacitación continua y la inteligencia previa a cada evento. Los expertos coinciden en que la protección debe basarse en la regla del 90/10: 90% planificación, inteligencia y estrategia, y solo 10% táctica. Algunos incluso proponen un modelo 95/5, ya que el objetivo es prevenir incidentes y evitar el enfrentamiento físico, protegiendo no solo la integridad física del principal, sino también su imagen pública.
Incluso dentro de ese 10% táctico, la evidencia demuestra que en situaciones de alto estrés las intervenciones pueden fallar en un porcentaje muy elevado, generando riesgos de daños colaterales y exposición legal para el equipo y la empresa. Aun cuando el uso de la fuerza esté justificado, la ley es imparcial y examina cada detalle como licencias de porte, proporcionalidad en la respuesta, competencia en el uso del arma y existencia de seguros de responsabilidad.
Estos casos recientes nos enseñan que la protección ejecutiva del futuro debe ser integral, estratégica y multidisciplinaria. La industria debe elevar sus estándares, invertir en inteligencia, tecnología y entrenamiento académico, y construir esquemas que integren respuesta médica, logística y comunicación en tiempo real. Los clientes, por su parte, deben comprender que la seguridad efectiva no es un gasto, sino una inversión que protege vidas, reputaciones y la continuidad de su liderazgo.
En última instancia, el reto no es únicamente reaccionar ante una amenaza, sino anticiparla y neutralizarla antes de que se materialice. Cada decisión, desde el lugar del evento hasta el diseño del perímetro y la capacitación del personal, debe orientarse a evitar que la tragedia vuelva a repetirse.