Por Fernando Vaccotti
Latinoamérica: el aterrizaje definitivo del crimen organizado
Estamos en plena preparación de una serie de cuatro capítulos sobre el crimen organizado y bandas criminales en Brasil y nos despertamos ayer con esta noticia de Río de Janeiro convertida en zona de guerra.
No nos sorprende.

El crimen organizado ya no está aterrizando en Latinoamérica: ya tomó tierra, posiciones y poder. En los últimos años, la región se convirtió en el escenario visible de la cuarta ola del crimen organizado transnacional, aquella etapa que varios analistas describimos como la más peligrosa actualmente de todas, la del control social, económico y político y que está disputando el control territorial e intentando la captura del Estado en el continente.
Las mafias aprendieron a gobernar y los Estados, a convivir con ellas. Hoy, cuando las facciones criminales avanzan sobre instituciones y territorios, lo hacen frente a liderazgos débiles, fragmentados y complacientes, a menudo cooptados o paralizados por motivos que rara vez son claros y que, por oscuros que sean, terminan garantizando impunidad.
Lo que antes era marginalidad hoy es una estructura de poder paralelo. Desde México hasta Chile, y ahora con fuerza renovada en Brasil, las bandas no sólo disputan economías ilícitas, disputan legitimidad, representación y control social.
Río de Janeiro, ese espejo convulsionado del continente, acaba de ofrecer una de las imágenes más crudas de este proceso mostrando una guerra urbana en pleno corazón del Estado brasileño y con un trasfondo sociopolítico y un entramado tan complejo que debe seguir siendo analizado pues no es una novedad la existencia de estas bandas. Lo novedoso es la violencia y cantidad de muertes que se alcanzó esta vez.

Río de Janeiro: Penha y Alemão, territorios bajo fuego
El pasado fin de semana, el Estado de Río ejecutó la operación policial más grande de su historia contra el Comando Vermelho (CV), la facción criminal más poderosa de la ciudad. Más de 2.500 efectivos, 22 vehículos blindados, helicópteros de asalto y drones de vigilancia irrumpieron en los complejos de Penha y Alemão, dos de los bastiones históricos del narcotráfico en la zona norte.
El objetivo era capturar a Edgar “Doca” Alves de Andrade, uno de los jefes del CV, junto a decenas de sus lugartenientes. En pocas horas, Río se transformó en un campo de batalla. Los tiroteos se extendieron durante todo el día y dejaron un saldo superior a 130 muertos, entre ellos varios agentes.

El gobernador Cláudio Castro habló sin eufemismos: “Estamos en guerra contra el narco-terrorismo.”

Crónica de un día en guerra
Amaneció con el zumbido metálico de helicópteros sobre Penha. Los vecinos, acostumbrados a la violencia, sabían que ese sonido no era rutina. En cuestión de minutos, las calles quedaron vacías y los comercios bajaron las cortinas. Los blindados subían entre las casas apretadas mientras las ráfagas de fusil cruzaban de colina en colina.
Los drones que sobrevolaban la favela no filmaban, arrojaban granadas y explosivos improvisados. En respuesta, las fuerzas policiales demolían barricadas, abrían fuego, y el humo se mezclaba con el olor a pólvora y miedo.

Al caer la tarde, los camiones comenzaron a descender con cuerpos envueltos en sábanas. Vecinos indignados los trasladaron a una plaza común entre Penha y Alemão, una montaña de cadáveres que se volvió símbolo de la jornada.
Las imágenes reproducidas a través de las redes no dejaban mucho espacio para imaginar, y las de hoy, un día después, nos muestran un escenario post combate terrible. Todavía están recogiendo cadáveres que llegan desde la zona selvática.
Río volvió a vivir, como tantas veces, la guerra que nunca termina.
Radiografía criminal: quién manda en Río
El Comando Vermelho, nacido en los años ‘ 70 dentro del sistema penitenciario brasileño, evolucionó de una organización de autodefensa carcelaria a un imperio criminal que hoy controla grandes corredores de droga y armas hacia Europa y África, cómo lo explicamos claramente en nuestro libro “Bandas Criminales en Latinoamérica Tomo I” .
Su rival histórico, el Terceiro Comando Puro (TCP), disputa enclaves menores. Pero la gran competencia actual del CV no proviene de otra banda sino de las milicias parapoliciales, integradas por ex policías y militares que explotan el control de servicios, extorsión y seguridad privada.
La ciudad está fragmentada en un mosaico de micro-soberanías: cada facción ejerce justicia, cobra impuestos y controla el territorio.
El Estado, atrapado entre su obligación de imponer el orden y la necesidad política de mostrar resultados, responde con megaraids militarizados. Pero cada victoria táctica trae una derrota estratégica y por cada jefe abatido, dos nuevos emergen con mayor tecnología, recursos y capacidad de penetración social.
Tecnología criminal y letalidad estatal

Los hechos de Penha y Alemão marcan un punto de inflexión. El uso de drones armados, el intercambio de fuego sostenido con fusiles automáticos, y el cierre completo de escuelas, comercios y transporte público confirman que el conflicto ha superado la lógica policial.
Las facciones utilizan tecnología barata, pero eficaz. El Estado responde con fuerza bruta. Y entre ambos, la población civil -rehenes silenciosos- paga el precio.
El mensaje detrás de los cuerpos
Las imágenes de cuerpos apilados en una plaza recorrieron el mundo. Organismos de derechos humanos y agencias de la ONU reclamaron una investigación independiente.
El gobierno defendió la operación como un “golpe decisivo al crimen organizado”. Pero más allá del relato, la realidad es que ninguna de estas ofensivas ha logrado modificar la estructura criminal de Río.
El problema no está sólo en las armas, está en la economía política de la violencia, en la corrupción institucionalizada y en la ausencia de inteligencia financiera real.
Las bandas sobreviven porque el dinero fluye y porque el Estado necesita mostrarse fuerte aunque no lo sea.
Una guerra que refleja a toda Latinoamérica
Río no es una excepción. Es un espejo. Lo que hoy ocurre en Penha y Alemão prefigura lo que puede ocurrir – o ya ocurre- en Quito, Rosario, Guayaquil, Medellín o Montevideo o en la ignota Cota 905 de Caracas.
Las ciudades latinoamericanas comparten un patrón: expansión de economías ilícitas, militarización de la seguridad, liderazgos políticos temerosos o cómplices, y una ciudadanía acostumbrada a convivir con el crimen.
La cuarta ola del crimen organizado ya no se mide en toneladas incautadas, sino en cuotas de poder real que las mafias administran en los barrios, en las cárceles y en los despachos.
Conclusión temprana y actualidad
La guerra de Río de Janeiro es más que un episodio local, es una advertencia continental. Si el Estado brasileño, con todo su aparato y su historia, apenas puede controlar una favela, ¿qué esperanza queda para los demás países que ya enfrentan redes híbridas, financiadas, armadas y tecnológicamente adaptadas?
El crimen organizado ya no se esconde. Se muestra, se impone y se legitima.
Y mientras los líderes políticos se limitan a declaraciones o pactos silenciosos, el continente entero parece aceptar una nueva normalidad, la coexistencia con la criminalidad.
La guerra en Penha y Alemão no es el final, es el comienzo del “Brasil Capítulo Uno”, y quizás, la confirmación de que Latinoamérica está viviendo su propio Vietnam silencioso.
Fuentes consultadas: El País (América), DW en Español, Infobae, The Guardian, Globo News, AFP, Associated Press, Wikifavelas.