Haití: pandillas, territorio y poder

Por Fernando Vaccotti

Cuando las pandillas dejan de ser actores criminales y se convierten en poder político armado

Resumen ejecutivo

Haití ya no enfrenta un problema de seguridad pública: enfrenta una insurgencia criminal híbrida.

La coalición Viv Ansanm, nacida de las pandillas más violentas de Puerto Príncipe, consolidó un salto cualitativo: pasó de controlar barrios a sitiar el Estado, forzar la renuncia de un primer ministro, aislar al país y disputar legitimidad política.

La respuesta internacional, una nueva Fuerza de Supresión de Pandillas aprobada por la ONU, puede alterar el equilibrio táctico, pero no resolverá por sí sola un fenómeno que combina violencia extrema, control territorial, narrativa política y vínculos históricos con élites locales. Haití es hoy el laboratorio más crudo de la tercera/cuarta ola del crimen organizado transnacional.

Antecedentes: La MINUSTAH (Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití) no «falló» en un sentido numérico simple, sino que su legado está marcado por grandes controversias y fracasos en áreas clave, incluyendo la propagación del cólera (causando miles de muertes, estimadas en más de 30.000) y numerosos casos de abuso y explotación sexual por parte de sus tropas, además de no lograr la estabilidad total del país, enfrentando la violencia de pandillas y críticas por violaciones de derechos humanos. 

MINUSTAH

Del brazo armado de las élites al amo del país

Durante décadas, las pandillas haitianas funcionaron como instrumentos paraestatales, utilizadas por élites políticas y económicas para proteger intereses, reprimir rivales o controlar territorios.

El asesinato del presidente Jovenel Moïse (2021) marcó el punto de ruptura, el Estado colapsó y las pandillas mutaron. Ya no obedecen si no que mandan.

La fusión del G-9 y Gpèp en Viv Ansanm no fue un acuerdo circunstancial, sino una decisión estratégica marcada por reducir la fricción interna, maximizar recursos y proyectarse como actor nacional. El resultado fue inmediato.

Control de rutas estratégicas; ataques al aeropuerto; aislamiento de la capital y más de 16.000 muertos desde 2022.

La situación en Haití ya no es crimen común. Es gobernanza armada.

La narrativa de los pobres contra élites

Viv Ansanm entendió algo clave: la guerra moderna también se libra en el plano simbólico.

Mientras expandía extorsión, piratería y narcotráfico, se presentó como defensora de los pobres frente a élites corruptas y potencias extranjeras. Redes sociales, discursos “anticoloniales” y hasta el anuncio de un partido político, sin registro formal, forman parte de la misma operación.

El objetivo es claro, se trata de llegar a 2026 con capacidad de negociación, influir en la próxima administración y obtener amnistía general. No buscan desaparecer pero sí buscan legalizar su poder.

Fuerza internacional: necesaria, insuficiente

La nueva Fuerza de Supresión de Pandillas (5.500 efectivos previstos) promete mayor autonomía operativa y reglas de enfrentamiento más robustas que la fallida misión liderada por Kenia.

Estando bien equipada y bien comandada, puede recuperar territorio, romper el cerco sobre Puerto Príncipe y restablecer la superioridad armada estatal.

Pero, existen límites estructurales como ser un riesgo elevado de víctimas civiles; violaciones a derechos humanos y una falta histórica de coordinación interinstitucional.

Sin inteligencia integrada, mando político claro y rendición de cuentas, la fuerza puede ganar batallas y perder la guerra.

La fase inevitable: negociar desde la fuerza.

Destruir completamente a las pandillas implicaría años de combate urbano, miles de muertos y recursos que Haití no tiene.

La alternativa no es capitulación, sino negociación desde una posición de fuerza, con objetivos claros:

Reducción de violencia contra civiles Desarme progresivo Programas de salida para menores Justicia transicional sin impunidad generalizada

Negar esta discusión es emocionalmente comprensible. Evitarla estratégicamente es irresponsable.

Una conclusión actual

Haití no es una excepción: es una advertencia.

Cuando el Estado colapsa, el crimen organizado no solo ocupa el vacío: lo redefine.

Viv Ansanm no es solo una coalición de pandillas. Es la expresión extrema de un fenómeno que avanza en distintos grados en Latinoamérica y el Caribe: actores criminales que combinan armas, territorio, política y narrativa.

La estabilidad haitiana no se jugará solo en el campo de batalla, sino en la capacidad – todavía inexistente – de reconstruir autoridad, legitimidad y futuro.

Todo lo demás es administrar el caos.

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Autor: Fernando Vaccotti

Former Field Security Officer OIM AMCA Venezuela. Consultor Privado en FV Consulting. Experto en Seguridad Internacional. Security Consulting Services & Solutions. Consultor Experto en Seguridad WFP (Programa Mundial de Alimentos ONU). Field Security Officer en OIM ONU -Migración. Soluciones en Seguridad Multidimensional. Pensando soluciones fuera de la caja. Out of box thinking.

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