Terrorismo islamista radical y Bondi Beach: la amenaza que nunca desapareció

Por Fernando Vaccotti

Resumen Ejecutivo

El atentado de Bondi Beach en Australia, en el área de influencia de Sídney durante las celebraciones judìas de Hanukkah (o Janucá)  devuelve al centro del debate una realidad que Occidente tendió a dar por superada: el terrorismo islamista radical yihadista no fue derrotado, sino transformado. Aunque los grandes ataques coordinados que marcaron la década de 2000 y mediados de 2010 son hoy menos frecuentes, la ideología del Estado Islámico sigue siendo capaz de inspirar acciones letales ejecutadas por individuos o núcleos mínimos, difíciles de detectar y de prevenir.

Bondi Beach encaja en un patrón conocido: ataques de bajo costo operativo, alto impacto simbólico y clara intención de maximizar víctimas civiles, aun sin una conexión operativa directa con la organización matriz. La presencia de banderas del EI y el reciente viaje de los atacantes al sur de Filipinas – una región donde persisten filiales y entornos de radicalización – refuerzan la vigencia de estas “geografías residuales” del llamado yihadismo global.

Este fenómeno no es nuevo. A comienzos de los años 2000, el Sudeste Asiático ya había sido escenario de terrorismo masivo con la expansión de Al Qaeda en la región. Los atentados de Bali en 2002, en particular el ataque contra la discoteca Sari Club, marcaron el ingreso definitivo del yihadismo global a Indonesia y dejaron más de 200 muertos. Aquella ola de violencia – que viví casi en primera persona – demostró que estas regiones pueden convertirse rápidamente en plataformas de proyección terrorista hacia Occidente y aliados estratégicos.

Hoy, como entonces, la amenaza no proviene exclusivamente de grandes estructuras centralizadas, sino de redes fragmentadas, filiales autónomas y procesos de radicalización que se activan ante conflictos globales, tensiones identitarias y vacíos de gobernabilidad. Bondi Beach no es un hecho aislado, es una advertencia. El terrorismo islamista ya no ocupa territorios como antes, pero sigue ocupando mentes, rutas periféricas y oportunidades.

Durante casi una década, el terrorismo yihadista fue una amenaza omnipresente en la vida cotidiana de las sociedades occidentales. A mediados de los años 2010, los atentados eran recurrentes, sofisticados y letales. Viajar en metro, asistir a un recital o participar de una celebración pública implicaba asumir un riesgo tácito.

Hoy, esa sensación de amenaza constante parecía haber quedado atrás. La derrota territorial del Estado Islámico (EI) en Siria e Irak llevó a muchos a asumir que el ciclo del terrorismo islamista había sido cerrado. Sin embargo, el atentado de Bondi Beach vuelve a demostrar que esa conclusión fue, como mínimo, prematura.

Bondi Beach: un ataque, un patrón, una advertencia

El tiroteo ocurrido durante una celebración de Janucá en Bondi Beach, que dejó 15 víctimas fatales, más uno de los atacantes y 40 heridos, reinstaló una pregunta clave para la seguridad internacional: ¿qué tipo de amenaza representa hoy el terrorismo yihadista salafista?

Las autoridades australianas señalaron que los atacantes, Sajid y Naveed Akram, actuaron motivados por la ideología del Estado Islámico. En su vehículo se hallaron banderas caseras del EI, un elemento simbólico que encaja con un patrón ya conocido: acciones inspiradas ideológicamente, pero sin necesidad de conducción operativa directa.

Este punto es central. El EI ya no necesita planificar atentados complejos para seguir siendo peligroso. Su fuerza actual reside en la capacidad de inspirar violencia autónoma, de bajo costo operativo, alta imprevisibilidad y enorme impacto psicológico.

Qué armamento se utilizó ?

Investigaciones iniciales y fuentes confiables han detallado los armas y artefactos recuperadas en la escena.

  • 1 rifle Beretta BRX1 de ferrolibre (bolt-action)
  • 2 escopetas calibre 12 (Stoeger M3000 M3K)
  • Rudimentarios artefactos explosivos improvisados (IED) hallados en un vehículo estacionado, que no llegaron a detonar.

Los perpetradores dispararon múltiples rondas desde una posición elevada hacia la multitud.

Del califato al individuo radicalizado

En su apogeo, el Estado Islámico controló un territorio mayor que Portugal, entrenó miles de combatientes y ejecutó operaciones coordinadas de gran escala. Esa estructura fue destruida hacia 2017.

Pero la derrota militar no eliminó la ideología, ni la narrativa, ni las redes humanas que la sostienen.

Desde su creación, el EI ha instado explícitamente a atacar civiles no musulmanes, priorizando concentraciones públicas y fomentando el uso de cualquier medio disponible. En este contexto, los llamados “lobos solitarios” – o células familiares mínimas – se convierten en el instrumento ideal: menos exposición, menor huella de inteligencia previa y mayor dificultad de detección.

El Sudeste Asiático: una lección que ya conocimos

Este fenómeno no es nuevo. A comienzos de los años 2000, el Sudeste Asiático ya había demostrado su vulnerabilidad frente al terrorismo yihadista global. La expansión de Al Qaeda en Indonesia marcó un punto de inflexión para la región.

Los atentados de Bali en 2002, en particular el ataque contra la discoteca Sari Club, que dejó más de 200 muertos, simbolizaron el ingreso pleno del terrorismo islamista al Asia-Pacífico. Aquella fue una etapa de terrorismo masivo, con múltiples atentados en Indonesia, y un impacto profundo en la seguridad regional.

Esa ola de violencia no fue solo un fenómeno mediático o estadístico. La viví casi en primera persona, en un contexto donde quedó claro que estas regiones podían transformarse rápidamente en plataformas de proyección terrorista, aun lejos de los grandes escenarios de Medio Oriente. De hecho, fue el primer gran atentado de un movimiento afiliado a AQ en la región.

Bondi Beach, dos décadas después, reactiva esa misma lógica: territorios periféricos, Estados con capacidades desiguales y redes ideológicas transnacionales.

Filipinas y las geografías residuales del yihadismo

El viaje reciente de los atacantes al sur de Filipinas añade una capa adicional de preocupación. Mindanao sigue siendo una zona donde persisten filiales del EI, entornos de radicalización y memorias insurgentes activas.

El sitio de Marawi, en 2017, y los atentados posteriores – incluida la explosión en una misa católica en 2023 – demuestran que estas regiones funcionan como espacios de validación ideológica, entrenamiento básico y contacto humano, más que como centros operativos tradicionales.

No se trata de grandes campamentos, sino de ecosistemas de radicalización.

Nuevas estrategias de reclutamiento, nuevas tácticas de ataque

El terrorismo yihadista salafista actual opera bajo reglas distintas a las de hace diez o quince años:

  • Reclutamiento digital fragmentado, basado en narrativas emocionales, victimización global y agravios identitarios.
  • Radicalización acelerada, sin necesidad de viajes prolongados ni entrenamiento formal.
  • Ataques de baja complejidad, pero alto impacto simbólico: armas blancas, armas de fuego legales, vehículos.
  • Células familiares o microgrupos, que reducen filtraciones y señales previas.
  • Uso deliberado de símbolos (banderas, consignas, videos) para maximizar el efecto propagandístico posterior.

La guerra en Gaza, como antes Siria o Irak, funciona hoy como catalizador emocional y discursivo, reforzando la narrativa de confrontación civilizatoria que estos grupos explotan con eficacia.

Confundir religión con terrorismo es un error analítico grave. El desafío que plantea el ataque de Bondi Beach no es el islam, sino el salafismo yihadista, una ideología extremista que opera como catalizador de violencia individual y transnacional en contextos urbanos occidentales.

Cierre prospectivo: qué debería preocuparnos hoy

Bondi Beach no marca el regreso del terrorismo masivo de 2015, pero sí confirma algo esencial:
el terrorismo islamista radical no fue erradicado; fue adaptado a un mundo más fragmentado y menos vigilable.

La amenaza actual es más difusa, menos jerárquica y, por ello, más compleja de anticipar. Ya no depende de grandes estructuras centrales, sino de filiales autónomas, geografías residuales y procesos individuales de radicalización.

En términos estratégicos, el principal riesgo para Occidente no es un nuevo “9/11”, sino la acumulación de ataques inspirados, imprevisibles y simbólicamente potentes, capaces de erosionar la percepción de seguridad pública y reactivar miedos que creíamos superados.

Declarar cerrada una amenaza que solo cambió de forma suele ser el primer error en seguridad. Bondi Beach es, en ese sentido, una advertencia clara: el terrorismo yihadista sigue esperando oportunidades, no territorios.

Nota: El término “terrorismo islamista radical” se utiliza para describir una ideología violenta de raíz salafista-yihadista, y no al islam como religión.

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Autor: Fernando Vaccotti

Former Field Security Officer OIM AMCA Venezuela. Consultor Privado en FV Consulting. Experto en Seguridad Internacional. Security Consulting Services & Solutions. Consultor Experto en Seguridad WFP (Programa Mundial de Alimentos ONU). Field Security Officer en OIM ONU -Migración. Soluciones en Seguridad Multidimensional. Pensando soluciones fuera de la caja. Out of box thinking.

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