OPINIÓN
Durante décadas, Uruguay mantuvo una posición diplomática clásica: reconocer a la República Popular China como único gobierno legítimo, evitar vínculos oficiales con Taiwán y sostener la fórmula global de “una sola China”. Pero había un detalle clave: Uruguay no había firmado públicamente un comunicado conjunto con Beijing afirmando en términos explícitos que “Taiwán es una parte inalienable del territorio chino”.
Eso cambió.
Porque una cosa es aceptar el marco diplomático general que rige en Naciones Unidas y otra muy distinta es suscribir un texto alineado al lenguaje estratégico chino, que no es neutral ni inocente. Cuando un país firma esa fórmula, no solo reconoce un principio, adopta una narrativa de soberanía total, en un conflicto que hoy es uno de los epicentros del choque de poder global entre China y Estados Unidos.
En otras palabras, Uruguay siempre jugó el partido, pero ahora se puso la camiseta.
Este tipo de declaraciones no son simples formalidades: son señales geopolíticas. Y en el mundo actual, donde la diplomacia se mide por alineamientos y no por discursos, Uruguay acaba de enviar un mensaje claro: en el tema Taiwán, dejó de estar en el margen y pasó a formar parte del tablero.
El tiempo, como siempre, se encargará del resultado.