Claves para comprender las lógicas del neonarcotráfico regional
Resumen Ejecutivo
El caso de Sebastián Marset permite observar con claridad la transformación del narcotráfico en América del Sur. Más que un capo aislado, Marset representa una nueva generación de operadores criminales que funcionan dentro de redes transnacionales altamente flexibles. Este fenómeno, que aquí denominamos “neonarcotráfico”, combina estructuras familiares, alianzas criminales internacionales, logística empresarial y movilidad territorial en múltiples países.
- El caso Marset revela el funcionamiento de redes criminales transnacionales en Sudamérica.
- Su organización operaba entre Bolivia, Paraguay, Brasil y mercados europeos.
- La estructura combina familia, socios regionales y alianzas con organizaciones mayores.
- El fenómeno refleja la evolución hacia un neonarcotráfico en red, más flexible y globalizado.
- Uruguay aparece cada vez más como nodo logístico dentro de ese ecosistema criminal.
Comprender el “Universo Marset” permite entender una transformación mayor: la consolidación de un narcotráfico regional cada vez más integrado a las dinámicas del crimen organizado global.
El Universo Marset: más que un narcotraficante
Durante años, la figura de Sebastián Marset fue presentada en los medios como la de un prófugo particularmente escurridizo. Sin embargo, esa caracterización resulta insuficiente para comprender la verdadera dimensión del fenómeno.
Marset no fue simplemente un narcotraficante individual. Su actividad revela la existencia de una estructura criminal compleja que operaba simultáneamente en varios países de Sudamérica, conectando rutas de producción, logística y distribución hacia mercados internacionales.
En ese sentido, el llamado “Universo Marset” puede entenderse como un ecosistema criminal compuesto por tres niveles principales:
- Cúpula estratégica, encabezada por el propio Marset.
- Círculo familiar y financiero, encargado del lavado de activos y la gestión de empresas pantalla.
- Red logística regional, integrada por operadores vinculados a Paraguay, Bolivia y Brasil.
Esta estructura híbrida refleja un cambio profundo respecto a los modelos tradicionales del narcotráfico.
Del cartel clásico al neonarcotráfico
Durante décadas, el narcotráfico latinoamericano fue interpretado a través del modelo del cartel territorial: organizaciones jerárquicas con control relativamente claro sobre determinadas regiones.
Sin embargo, el caso Marset sugiere una evolución hacia un modelo diferente.
Lo que emerge es lo que podríamos denominar neonarcotráfico: redes criminales descentralizadas, altamente adaptables, que operan en múltiples jurisdicciones y que combinan elementos del crimen organizado tradicional con dinámicas propias de la globalización.
Las características centrales de este fenómeno incluyen:
- Movilidad geográfica constante de los líderes criminales.
- Estructuras familiares como núcleo de confianza operativa.
- Alianzas estratégicas con organizaciones mayores, como el PCC brasileño.
- Uso intensivo de sistemas financieros internacionales para lavado de activos.
- Integración logística transnacional, conectando zonas de producción con mercados de alto valor.
En este modelo, el narcotráfico deja de ser un fenómeno estrictamente local para convertirse en una red criminal globalizada.
La geografía criminal del corredor Sudamérica
El funcionamiento del Universo Marset también permite visualizar con claridad el corredor criminal sudamericano que conecta la producción andina con los mercados europeos.
Ese corredor puede sintetizarse de la siguiente manera:
Bolivia y Perú
Producción de cocaína.
Paraguay
Centro logístico y de almacenamiento.
Brasil
Conexión con puertos atlánticos y redes criminales como el PCC.
Europa
Mercado final, con creciente demanda de cocaína.
En ese esquema, Uruguay aparece cada vez con mayor frecuencia como plataforma logística y financiera, particularmente a través de su sistema portuario y su estabilidad institucional.
Territorios grises y refugios criminales
Otro elemento que caracteriza al neonarcotráfico es la existencia de territorios donde el control estatal es débil o fragmentado y de los que hay poca información.
En Bolivia, por ejemplo, diversos analistas han señalado la existencia de zonas conocidas informalmente como “México Chico”, donde confluyen contrabando, narcotráfico y redes criminales locales. Estas áreas funcionan como refugios temporales para operadores del narcotráfico regional.
La existencia de estos espacios revela un fenómeno más amplio: el surgimiento de territorios grises donde el crimen organizado logra establecer niveles de control social, económico e incluso político.
“El Rey”: el refugio ideal del crimen organizado
En algunos relatos cinematográficos contemporáneos —especialmente en universos narrativos cercanos al estilo de Quentin Tarantino— aparece de manera recurrente una idea fascinante: la existencia de lugares donde los criminales pueden moverse con relativa tranquilidad, lejos del alcance inmediato del Estado.
Podríamos llamar a esos espacios “El Rey”: territorios que funcionan como refugios naturales para el crimen organizado. No necesariamente se trata de zonas sin ley absoluta, sino de lugares donde convergen tres condiciones críticas:
- baja presencia estatal,
- economías informales o ilícitas consolidadas,
- redes locales de protección social o política.
En el contexto del narcotráfico sudamericano, ciertos territorios cumplen funciones similares: áreas fronterizas, corredores logísticos o ciudades donde confluyen contrabando, narcotráfico y lavado de activos. Estos espacios actúan como verdaderos santuarios operativos del crimen organizado, desde los cuales se coordinan operaciones, se protege a los líderes criminales y se articulan rutas regionales.
En ese sentido, comprender el “Universo Marset” implica también identificar estos territorios de refugio. Porque, como muestra la experiencia histórica del crimen organizado, los narcotraficantes no sobreviven solamente por su capacidad individual, sino por la existencia de ecosistemas territoriales que les permiten operar.
Zonas que suelen asociarse con el concepto de «México Chico»
Los analistas suelen mencionar áreas como:
Norte de Potosí – zona de Challapata
- contrabando de autos robados (“autos chutos”)
- tráfico de cocaína hacia Chile
Regiones rurales de Santa Cruz
- presencia de pistas clandestinas
- tránsito de droga hacia Brasil
Áreas del Beni
- rutas aéreas del narcotráfico
Uruguay frente al nuevo mapa criminal
El caso Marset también plantea preguntas incómodas para Uruguay.
Históricamente considerado un país relativamente ajeno a las grandes dinámicas del narcotráfico, Uruguay aparece cada vez más conectado a redes criminales transnacionales que operan a escala regional.
El desafío no radica solamente en la presencia de individuos vinculados al narcotráfico, sino en la posible utilización del país como parte de un ecosistema logístico del crimen organizado internacional.
La hidrovía como arteria estratégica del neonarcotráfico
Diversas investigaciones judiciales y periodísticas han señalado que la red liderada por Sebastián Marset habría tenido presencia indirecta en el circuito logístico de la Hidrovía Paraná–Paraguay, uno de los corredores fluviales más importantes de Sudamérica.
Este sistema conecta Bolivia y Paraguay con los puertos del Atlántico, atravesando zonas críticas del comercio regional como el área de Rosario, en Argentina, donde históricamente confluyen redes de narcotráfico, lavado de activos y contrabando.
En ese contexto, el presunto “gerenciamiento” o influencia de estructuras criminales asociadas a Marset sobre segmentos de esta ruta fluvial revela un aspecto clave del neonarcotráfico: el control o infiltración de infraestructuras logísticas estratégicas, capaces de movilizar grandes volúmenes de carga dentro de circuitos comerciales aparentemente legales.
El efecto Marset: un nuevo modelo aspiracional del narco regional
Más allá de su dimensión operativa, la figura de Marset también ha comenzado a proyectar una influencia simbólica dentro de ciertos sectores del crimen organizado. Su estilo, una mezcla de ostentación, movilidad internacional, redes familiares y aparente capacidad para desafiar a los Estados, ha generado lo que podría denominarse un “efecto modelo” dentro del narcotráfico emergente en Uruguay y el Cono Sur.
En ese sentido, Marset representa para algunos actores criminales locales una especie de «role model» del neonarcotráfico, donde el narcotraficante ya no se percibe únicamente como operador clandestino, sino como empresario criminal globalizado, capaz de moverse entre el mundo ilegal y circuitos económicos formales.
Comprender para anticipar
Más allá del destino judicial de Sebastián Marset, el verdadero valor analítico de este caso radica en lo que revela sobre la evolución del crimen organizado en América del Sur.
El narcotráfico contemporáneo ya no funciona exclusivamente a través de carteles rígidos y territoriales. En su lugar emergen redes criminales flexibles, transnacionales y altamente adaptativas.
El Universo Marset, en ese sentido, constituye una ventana privilegiada para comprender las lógicas del neonarcotráfico regional.
Y, como suele ocurrir en la historia del crimen organizado, comprender estas transformaciones es el primer paso para poder enfrentarlas.
«En definitiva, el caso Marset no debe ser interpretado únicamente como la historia de un narcotraficante particularmente audaz. En realidad, constituye una ventana privilegiada para observar una transformación más profunda: la emergencia de un neonarcotráfico regional, flexible, transnacional y cada vez más integrado a las dinámicas de la economía global. Si algo revela el “Universo Marset” es que el verdadero desafío para los Estados ya no es capturar a un individuo, sino comprender y enfrentar el ecosistema criminal que lo hizo posible.«