Por Fernando Vaccotti
Llegué a Haití en enero de 2010, pocos días después del devastador terremoto que arrasó Puerto Príncipe y gran parte del país. Lo que presencié durante esa misión humanitaria permanece imborrable. Aquellas escenas de destrucción, dolor y resiliencia marcaron profundamente mi trayectoria. Desde entonces, he trabajado en el sistema de Naciones Unidas y en el área privada como consultor y expositor en conferencias internacionales, capacitaciones en desastres naturales, ejercicios de respuesta ante bajas masivas y espacios de reflexión académica. Haití no solo ha sido un escenario que viví en el terreno, también ha sido una causa que he procurado comprender, explicar y transmitir en cada oportunidad, incluyendo mi labor como escritor ya plasmada en dos libros y en este blog.

“Cuando la justicia fracasa, la violencia se convierte en ley” ( frase popular haitiana)
Tormenta perfecta: Haití hoy
Haití no es un país simplemente pobre. Es una nación colapsada. Un territorio donde el Estado ha sido reemplazado por estructuras armadas, donde las bandas criminales controlan barrios, rutas, mercados y vidas. Haití es hoy el caso más extremo de soberanía criminal en el hemisferio occidental.

Este trabajo busca mostrar cómo se construyó ese escenario, desde sus raíces históricas hasta el crimen organizado actual. No como una sucesión de tragedias aisladas, sino como el resultado estructural de siglos de exclusión, intervención, fracasos de la comunidad internacional, tragedias, impunidad y abandono. Porque donde no hay Estado, manda el crimen. Y en Haití, no queda casi nada del Estado.
Una herencia maldita: historia, exclusión y violencia estructural en la isla La Hispaniola.

La historia haitiana comienza en 1804 con una revolución esclava triunfante. La primera república negra del mundo nació a sangre y fuego, desafiando a los imperios coloniales. Pero esa osadía tuvo un precio: aislamiento, deudas impuestas por Francia, golpes de Estado sucesivos, dictaduras brutales y una economía devastada.
El Estado haitiano nunca logró consolidarse. Las élites locales -frecuentemente mulatas- gobernaron para sí mismas, despreciando al campesinado negro. Los militares sustituyeron a los políticos y los políticos a los bandidos. El resultado fue una estructura frágil, corrupta y excluyente, sin capacidad para garantizar orden, justicia ni servicios básicos y vivir en una cuasi permanente espiral hacia lo ilegal.
Esa debilidad estructural fue el caldo de cultivo perfecto para el crimen a todo nivel. Cuando no hay ley, hay machete.

El magnicidio de Moïse: punto de inflexión
El 7 de julio de 2021, un comando armado asesinó al presidente Jovenel Moïse en su residencia. Fue un crimen quirúrgico, con participación de exmilitares colombianos, empresarios haitianos, políticos corruptos y una cadena de complicidades internas. El magnicidio no solo dejó un vacío de poder: dejó al país sin dirección, sin justicia y sin control.

Desde entonces, Haití entró en caída libre. No hay presidente legítimo, no hay elecciones desde 2016, no hay parlamento operativo. El sistema judicial está paralizado. Las bandas criminales pasaron de ser marginales a actores centrales del poder.
En nuestro libro “Bandas criminales en Latinoamérica” tratamos el caso haitiano y su presente de violencia.
Pandillas, crimen y poder: anatomía del caos

Las pandillas no son un fenómeno nuevo en Haití. Pero su expansión, consolidación territorial y capacidad militar en los últimos años supera todo antecedente.
Grupos como G9 an Fanmi e Alye, liderado por el exoficial Jimmy “Barbecue” Chérizier, o la violenta banda 400 Mawozo, controlan barrios enteros de Puerto Príncipe. Cobran peajes, secuestran, extorsionan, imponen “justicia” por mano propia, y administran recursos como alimentos, combustible y medicinas en una ciudad castigada brutalmente por el terremoto del 2010 y que aún no ha podido recuperarse.
El crimen organizado en Haití opera bajo lógicas paramilitares. No se trata de bandas callejeras comunes ya que se comportan como señores de la guerra urbanos, con armamento pesado, apoyo social parcial y conexiones políticas que los protegen estableciendo una gobernanza criminal muy particular.
Crimen transnacional: Haití como nodo desbordado.
Haití también forma parte de redes criminales transnacionales. Su posición geográfica lo convierte en un punto de paso para todo tipo de negocios ilícitos como el Tráfico de armas provenientes en gran parte de EE.UU. y República Dominicana; Narcotráfico en rutas hacia Centroamérica con presencia de grupos colombianos y mexicanos; Trata y tráfico de personas, sobre todo mujeres y niñas sometidas a explotación sexual o trabajos forzados. Y un corredor de migración ilegal organizada, con redes que transportan haitianos a Brasil, Chile y luego hacia EE.UU.
Estas actividades funcionan gracias a la colusión de autoridades portuarias, policiales, judiciales y aduaneras, y a una informalidad económica que permite blanquear dinero sin mayores obstáculos.
La comunidad internacional y el fracaso sistémico.
Desde la década de 1990, Haití ha sido objeto de intervenciones sucesivas de EE.UU., OEA y ONU.
Haiti y la presencia de policía keniata: balance primario en el debe: https://vaccottifer.com/?p=5736

La más prolongada fue la misión conocida como MINUSTAH (2004–2017), que desembarcó con miles de soldados latinoamericanos para estabilizar el país. Fracasaron.
Además de no frenar la violencia, los cascos azules fueron acusados de abusos sexuales y, sobre todo, de introducir el cólera que mató a más de 10.000 personas. Nunca hubo una reparación efectiva. La confianza en la ONU quedó destruida.
Las ONG internacionales, por su parte, canalizaron miles de millones de dólares tras el terremoto de 2010. Pero gran parte de esa ayuda fue ineficiente, duplicada, o terminó desviada. Haití se convirtió en una república asistencialista, sin soberanía efectiva.
Estado fallido o soberanía criminal?
Haití no es simplemente un Estado fallido. Es un caso de soberanía criminal compartida. Otro caso de Estado híbrido criminal en la región. Las bandas no sólo ejercen violencia si no que gestionan recursos, intermedian conflictos, y ocupan el lugar del Estado.
En muchos barrios, el único orden es el que imponen los jefes de pandilla.
Los ciudadanos haitianos viven bajo múltiples regímenes de poder: el del gobierno oficial (débil), el de las bandas (armado), el de las iglesias (clientelista), el de las ONG (asistencialista) y el de las redes familiares de migrantes (remesas). Ninguno es legítimo ni suficiente.
Un presente en el que sin justicia no hay nación.
El crimen organizado en Haití no es un virus que haya que extirpar. Es el síntoma de un sistema político, social y económico podrido hasta la raíz. Ningún operativo militar, ninguna fuerza de paz extranjera, ninguna elección improvisada resolverá el problema si no hay instituciones sólidas, justicia real, economía legal y voluntad de reconstrucción.
Haití necesita algo más que ayuda.
Necesita respeto, memoria, reparación y reconstrucción. Y sobre todo, necesita devolverle el monopolio legítimo de la violencia al Estado, si es que todavía hay tiempo para eso.
Un pensamiento