En la mente del verdugo

Cómo el crimen organizado está construyendo una geografía del miedo en Montevideo

«No basta con detener a los delincuentes. El desafío consiste en impedir que una generación entera termine creyendo que el verdadero poder pertenece a quien porta un arma y no al Estado.»

Durante más de veinte años, mientras trabajaba en algunos de los escenarios más complejos del mundo afectados por el terrorismo, el crimen organizado transnacional (COT) y los conflictos armados, sostuve una idea que en Uruguay muchos consideraban exagerada: tarde o temprano, las dinámicas que observábamos en otras regiones también llegarían a nuestro país. No porque Uruguay fuera México, Colombia o Ecuador, sino porque el crimen organizado transnacional no reconoce fronteras. Allí donde encuentra instituciones vulnerables, economías ilícitas rentables, cárceles permeables y capacidad para corromper o intimidar, termina expandiéndose.

Hoy esa hipótesis dejó de ser una advertencia y se convirtió en una realidad.

El crimen organizado transnacional ya no es un fenómeno lejano que observamos en informes internacionales o documentales sobre Latinoamérica. Está presente en nuestros barrios, condiciona la vida cotidiana de miles de uruguayos y comienza a modificar silenciosamente la relación entre el Estado, el territorio y la sociedad.

Su mascarón de proa continúa siendo el narcotráfico.

Sin embargo, reducir el problema únicamente a la venta de drogas constituye probablemente uno de los mayores errores de análisis que podemos cometer.

Las drogas financian la organización, pero el verdadero negocio es otro. El verdadero objetivo consiste en acumular poder para controlar calles, dominar barrios, intimidar vecinos, corromper funcionarios, dirigir organizaciones criminales incluso desde establecimientos penitenciarios y para sustituir, en determinados territorios, funciones que históricamente pertenecieron al Estado.

Lo que hoy observamos en algunos barrios de Montevideo ya no responde solamente a enfrentamientos entre delincuentes.

Estamos asistiendo, lentamente, a la consolidación de una auténtica geografía del miedo. Una geografía donde el asesinato deja de ser un hecho excepcional para transformarse en un instrumento cotidiano de gobierno criminal.

¿Qué pasa por la mente del verdugo?

Esta quizás sea la pregunta menos formulada y, sin embargo, la más importante. Existe una tendencia casi natural a describir a estos individuos como monstruos irracionales. Pero esa explicación resulta insuficiente ya que la mayoría de los integrantes de organizaciones criminales actúan siguiendo una racionalidad propia.

No es la lógica del ciudadano, es la lógica del poder, para ellos la violencia no constituye una pérdida de control. Constituye un recurso, cada homicidio comunica, cada balazo transmite un mensaje, cada ejecución tiene múltiples destinatarios.

El rival comprende el costo de desafiar a la organización. Los vecinos entienden que denunciar puede costar la vida. Los propios integrantes aprenden cuál será el destino de quien traicione.

La violencia funciona como un lenguaje. No solamente mata.

Gobierna.

El verdadero negocio no son las drogas

Durante décadas discutimos el narcotráfico.

Tal vez debimos haber discutido el poder.

Las drogas son solamente el combustible financiero.

El objetivo final consiste en construir una organización capaz de controlar personas y territorios.

Cuando un barrio modifica sus horarios por miedo.

Cuando los vecinos dejan de denunciar.

Cuando un comerciante paga protección.

Cuando los niños aprenden qué calles no deben cruzar.

Cuando la Policía entra únicamente mediante grandes operativos.

El negocio ya dejó de ser la droga.

El negocio pasó a ser el control territorial.

La cárcel dejó de ser el final

Otro de los grandes cambios del crimen organizado contemporáneo consiste en la transformación del sistema penitenciario. En numerosos países latinoamericanos las cárceles dejaron hace tiempo de representar un castigo suficiente. Se transformaron en centros de dirección estratégica.

Desde allí se ordenan homicidios, se cobran deudas, se administran economías ilegales, se reclutan nuevos integrantes y se mantienen comunicaciones.

La prisión ya no necesariamente interrumpe la organización.

En algunos casos simplemente cambia el lugar desde donde se ejerce el liderazgo.

La otra batalla: la mente de los jóvenes

Sería un error explicar este fenómeno únicamente desde la pobreza. La inmensa mayoría de los uruguayos que viven en condiciones difíciles jamás delinquen.

La pobreza no produce automáticamente criminales, pero tampoco sería serio ignorar que las organizaciones criminales encuentran en determinados contextos sociales un terreno fértil para reclutar.

No venden solamente dinero, venden identidad, pertenencia, prestigio y respeto. Muchos adolescentes encuentran allí aquello que ninguna otra institución logró ofrecerles (una familia sustituta, una carrera, un uniforme, una misión y una forma rápida de reconocimiento social).

La inversión del prestigio

Aquí aparece uno de los cambios culturales más preocupantes ya que durante generaciones el reconocimiento social estuvo asociado al estudio, al trabajo, al esfuerzo y al servicio a la comunidad. Las organizaciones criminales intentan invertir completamente esa escala de valores y el prestigio comienza a medirse por la capacidad de intimidar.

Y las claves más visibles pasan por portar armas, exhibir dinero, desafiar al Estado, inspirar miedo.

Por lo tanto el verdadero combate empieza entonces mucho antes del primer disparo. Comienza cuando una generación entera empieza a admirar al verdugo.

¿Existe también una revancha social?

Sería simplista afirmar que estos jóvenes matan únicamente por resentimiento, pero tampoco puede ignorarse que algunos construyen una narrativa donde la violencia aparece como una forma de revancha simbólica.

Muchos crecieron sintiéndose invisibles, marginados, excluidos y convencidos de que el éxito pertenecía siempre a otros.

La organización criminal les ofrece entonces una identidad alternativa.

«Ahora el barrio nos pertenece. Ahora quienes antes nos despreciaban nos tienen miedo.«

No estamos ante una lucha de clases en sentido tradicional.

Estamos frente a una inversión de las relaciones de poder dentro de determinados territorios.

El miedo reemplaza al respeto.

La intimidación sustituye a la autoridad legítima.

La geografía del miedo

Montevideo corre el riesgo de ingresar en una etapa donde ya no existan únicamente barrios violentos y existan territorios gobernados psicológicamente por organizaciones criminales.

El crimen organizado no ocupa solamente calles. Ocupa imaginarios.

Necesita convencer a los niños de que el arma representa más futuro que el estudio.

Necesita convencer a los adolescentes de que el líder de la banda posee mayor autoridad que cualquier institución.

Necesita convencer a la comunidad de que el Estado nunca llegará.

Cuando esa idea se instala, comienza la verdadera derrota institucional.

Recuperar el monopolio del Estado

La respuesta tampoco puede reducirse a un falso debate entre «mano dura» o «mano blanda».

El Estado tiene una obligación primaria e irrenunciable: proteger a los ciudadanos y recuperar el monopolio legítimo de la fuerza allí donde organizaciones criminales pretenden reemplazarlo.

En aquellos territorios donde el poder criminal se ha consolidado, la acción coercitiva firme, profesional, sostenida y ajustada al Estado de derecho resulta indispensable para restablecer el control. Eso implica inteligencia criminal, investigación patrimonial, control efectivo del sistema penitenciario, persecución de las estructuras financieras y presencia operativa suficiente para impedir que las organizaciones continúen gobernando desde las sombras.

Pero recuperar un barrio no significa únicamente ingresar con más efectivos. Significa permanecer. Después del control deben llegar las escuelas, la salud, los espacios públicos, la protección de testigos, la inversión social y la reconstrucción del tejido comunitario.

Porque si el Estado recupera el territorio durante unas semanas y luego se retira, otra organización ocupará inevitablemente el vacío.

La fuerza recupera.

Las instituciones consolidan.

Algunas reflexiones finales

Uruguay todavía está a tiempo, pero el tiempo empieza a acortarse.

Lo que estamos viendo no constituye simplemente un aumento de homicidios.

Estamos observando la instalación progresiva de una cultura del poder criminal.

Una cultura donde el miedo reemplaza a la ley.

Donde el silencio reemplaza a la denuncia.

Donde la violencia sustituye al diálogo.

Y donde el crimen organizado intenta convencer a una nueva generación de que el camino hacia el reconocimiento social pasa por el arma y no por el trabajo.

Comprender cómo piensa el verdugo no significa justificarlo.

Significa entender al adversario para derrotarlo.

Porque las guerras contra el crimen organizado no se ganan únicamente capturando delincuentes.

Se ganan cuando el Estado recupera el territorio, la legitimidad y la confianza de quienes durante demasiado tiempo han vivido bajo una geografía del miedo.

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Autor: Fernando Vaccotti

Former Field Security Officer OIM AMCA Venezuela. Consultor Privado en FV Consulting. Experto en Seguridad Internacional. Security Consulting Services & Solutions. Consultor Experto en Seguridad WFP (Programa Mundial de Alimentos ONU). Field Security Officer en OIM ONU -Migración. Soluciones en Seguridad Multidimensional. Pensando soluciones fuera de la caja. Out of box thinking.

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