Un terremoto, una ofensiva contra el narcotráfico y un giro estratégico hacia Estados Unidos están convirtiendo el comienzo del gobierno de Abelardo de la Espriella en algo bastante diferente a una transición presidencial convencional.
Todavía es demasiado pronto para hablar de resultados. Pero no lo es para comenzar a identificar señales.
Abelardo de la Espriella asumió la Presidencia de Colombia el 7 de agosto. Apenas tres días después, un terremoto de magnitud 7,4 golpeó el occidente del país y colocó al nuevo gobierno frente a una prueba para la cual ningún período de transición prepara completamente a un presidente: muertos, heridos, infraestructura destruida, miles de damnificados y la necesidad de conducir simultáneamente búsqueda y rescate, asistencia humanitaria y el comienzo de una reconstrucción que será larga y costosa.
Los primeros días de un gobierno suelen dedicarse a nombramientos, decretos y construcción de poder. De la Espriella debió comenzar gobernando una emergencia.
Pero mientras Colombia todavía remueve escombros, otro frente comienza a mostrar movimiento: la seguridad.
El 15 de agosto se conoció una operación del Ejército en Mercaderes, Cauca, contra una infraestructura para la producción de cocaína atribuida al ELN. Fueron encontrados aproximadamente 1.836 kilogramos de cocaína, además de insumos y equipos para su procesamiento.
Una operación no constituye una política de seguridad.
Pero puede constituir una señal.
De la Espriella llegó al poder prometiendo modificar radicalmente la relación del Estado con las organizaciones criminales y los grupos armados. El concepto central es sencillo de expresar y extraordinariamente complejo de ejecutar: pasar de la contención y la negociación a una estrategia de combate frontal contra el narcotráfico y el crimen organizado.
Ahí comienza el verdadero examen.
Porque Colombia no enfrenta simplemente carteles de drogas. Enfrenta un ecosistema criminal fragmentado donde narcotráfico, minería ilegal, control territorial, grupos armados, economías ilícitas y organizaciones transnacionales se superponen.
Por eso resulta todavía más significativa otra de las decisiones iniciales del nuevo gobierno: la incorporación de Colombia al Escudo de las Américas, la arquitectura de cooperación en seguridad impulsada por Estados Unidos para enfrentar el narcotráfico y el crimen organizado en el hemisferio.
De la Espriella había anunciado antes de asumir que Colombia ingresaría al mecanismo el 7 de agosto y posteriormente señaló a Medellín como sede colombiana de la iniciativa.
No es solamente cooperación policial.
Puede significar inteligencia compartida, vigilancia, capacidades ISR, interdicción, operaciones combinadas y una integración mucho mayor de Colombia dentro de la nueva arquitectura de seguridad hemisférica que Washington está construyendo.
Y esto tiene consecuencias geopolíticas.
Después de años de una relación compleja entre Bogotá y Washington, Colombia parece encaminada nuevamente hacia una posición central dentro del dispositivo estadounidense de seguridad regional.
El terremoto agregó una dimensión inesperada.
En cuestión de días, el nuevo presidente ha debido enfrentar simultáneamente seguridad, emergencia humanitaria, reconstrucción, política exterior y alineamiento estratégico.
Por eso sería un error evaluar estas primeras semanas únicamente desde la simpatía o antipatía que genera De la Espriella.
Hay que observar capacidades.
¿Podrá transformar una retórica de autoridad en control territorial efectivo?
¿Podrá golpear las economías criminales sin limitarse a destruir laboratorios que rápidamente pueden reconstruirse?
¿Podrá aprovechar la cooperación estadounidense sin convertirla en dependencia?
¿Podrá mantener simultáneamente una ofensiva de seguridad y una reconstrucción nacional después del terremoto?
Y, sobre todo:
¿estamos viendo simplemente un cambio de gobierno o el comienzo de un cambio en la arquitectura de seguridad colombiana?
Dos semanas no alcanzan para responderlo.
Pero quizás ya alcanzan para comenzar a formular la pregunta.
Los números todavía son pequeños frente a la dimensión de la amenaza, pero políticamente el mensaje es importante. En las primeras 72 horas comenzaron a aparecer resultados contra estructuras diferentes y en territorios distintos: disidencias vinculadas a Iván Mordisco, Segunda Marquetalia y Clan del Golfo.
Entre los objetivos afectados aparecen un jefe financiero, un responsable de corredores logísticos y narcotraficantes, un segundo cabecilla y mandos territoriales. No estamos todavía ante evidencia suficiente para hablar de una transformación estratégica, pero sí ante un cambio perceptible en el ritmo, la prioridad política y la comunicación de las operaciones.
Y allí está quizás el primer indicador que habrá que seguir durante los próximos 90 días: si Colombia está simplemente aumentando el número de operaciones o está comenzando a desarticular sistemáticamente las redes de mando, financiación, logística y control territorial de sus organizaciones criminales.
La revisión de las operaciones del 7 al 10 de agosto muestra al menos siete acciones militares en las primeras 48 horas. El balance inicial fue de seis integrantes de organizaciones armadas muertos en Meta y Antioquia, además de capturas.
PRIMERAS 72 HORAS: OBJETIVOS DE VALOR AFECTADOS
| Cabecilla | Organización / estructura | Función | Resultado | Zona |
|---|---|---|---|---|
| Hernando Forero Mosquera, alias “Ruso” o “Alemán” | Disidencias FARC – facción Iván Mordisco, Estructura 28 | Cabecilla. Coordinaba corredor Arauca–Casanare–Guaviare–Meta; experiencia en explosivos y drones | Abatido | Mapiripán, Meta |
| Alias “Alexis Perdomo” | Segunda Marquetalia – estructura Teófilo Forero Castro | Mando medio / jefe financiero, vinculado al sistema de extorsiones en Caquetá y Huila | Abatido | Sudeste de Colombia |
| Cabecilla no identificado públicamente | Clan del Golfo – subestructura Jorge Mario Valle | Cabecilla de la estructura regional | Abatido, junto a otro integrante | Anorí, Antioquia |
| Héctor Orlando Bastidas Bravo, alias “Boni” o “Bonito” | Segunda Marquetalia – Comandos de Frontera | Segundo cabecilla; narcotráfico, extorsión, economías ilícitas y corredores de movilidad | Capturado | Guamal, Meta |
En el caso de El Ruso, la importancia es mayor que la simple baja de un combatiente: tenía más de 20 años de trayectoria, coordinaba un corredor estratégico y estaba proyectado para asumir como jefe de la Estructura 39 en Meta y Guaviare.
Boni también es especialmente interesante para nuestra tesis porque su actividad excedía la insurgencia tradicional: las autoridades lo vinculan con narcotráfico, extorsión y control de economías ilícitas y corredores en Putumayo, Caquetá y Huila, con proyección hacia Ecuador. Es exactamente el tipo de convergencia entre grupo armado y crimen organizado transnacional que queremos mostrar.
Y el balance completo es todavía más significativo: en Mapiripán murieron El Ruso + otros tres integrantes de las disidencias; en Anorí murieron dos integrantes del Clan del Golfo, uno de ellos cabecilla; y en Necoclí fueron capturados otros cuatro integrantes del componente financiero y narcotraficante de la subestructura Gabriel Poveda Ramos.
LA RESPUESTA DEL ELN
La reacción no tardó en llegar.
Tras las primeras operaciones militares del nuevo gobierno en el Catatumbo, Luz Amanda Pallares, alias “Silvana Guerrero”, una de las principales dirigentes del Frente de Guerra Nororiental del ELN, reapareció públicamente para responder a la ofensiva.
El mensaje atribuido a la comandante guerrillera es significativo: “No importa el gobierno, el plan es el mismo”, mientras anuncia que su organización continuará la confrontación.
Más allá de la retórica insurgente, el episodio introduce una variable que deberá observarse cuidadosamente durante los próximos meses. El cambio de gobierno comienza a producir una dinámica de acción–reacción entre el Estado y algunas de las principales organizaciones armadas ilegales del país.
Y el escenario elegido no es secundario.
El Catatumbo constituye uno de los espacios estratégicos más complejos de Colombia: cultivos ilícitos, corredores hacia Venezuela, narcotráfico, presencia del ELN, disidencias y competencia por territorio y economías criminales.
Allí podría comenzar a medirse la verdadera profundidad del cambio.
Destruir un laboratorio o neutralizar un cabecilla constituye un resultado táctico. Modificar el equilibrio territorial, financiero y operacional de una organización como el ELN es otra cosa.
Ese será el verdadero examen.