Un terremoto no mide solamente la resistencia de los edificios. En pocos segundos pone a prueba liderazgos, instituciones, comunicaciones, hospitales, fuerzas de seguridad, logística y, finalmente, la capacidad de un Estado para continuar funcionando.
Colombia amaneció el lunes 10 de agosto golpeada por uno de los terremotos más fuertes de las últimas décadas. A las 7:34 de la mañana, un sismo de magnitud 7,4, con epicentro próximo a San José del Palmar, Chocó, sacudió buena parte del territorio.

El balance continúa siendo provisional: al menos 132 fallecidos y más de 570 heridos. Miles de viviendas y decenas de edificios e instalaciones públicas resultaron afectados. Cali, Pereira, Quibdó, Manizales y otras ciudades del occidente colombiano aparecen entre las zonas comprometidas.
Pero detrás de las cifras comienza otra historia.
Las primeras 72 horas
En una catástrofe de esta magnitud, las primeras 24, 48 y 72 horas son críticas. Es el período para localizar sobrevivientes, evaluar daños, recuperar comunicaciones, abrir corredores logísticos, sostener hospitales, establecer albergues y restablecer servicios esenciales.
Es también cuando comienza a medirse algo menos visible: la capacidad real del Estado.

Colombia activó su arquitectura nacional de respuesta y estableció un Puesto de Mando Unificado (PMU) para coordinar la emergencia. Equipos de búsqueda y rescate, bomberos, Policía, Fuerzas Militares y autoridades territoriales comenzaron a desplegarse mientras llegaban ofrecimientos de asistencia internacional.
El presidente Abelardo de la Espriella suspendió su agenda y se trasladó a zonas afectadas. El dato no es menor: llevaba apenas tres días en el gobierno.
Su primera gran crisis no fue política, económica ni militar.
Fue una catástrofe nacional.
Y se convirtió inmediatamente en una prueba de liderazgo.
De Galeras aprendí algo diferente
Mi relación con este tipo de emergencias no proviene solamente del análisis.
Durante mis años trabajando para Naciones Unidas me correspondió estar a cargo de evacuaciones en el sur de Colombia ( zona denominada “Macizo Suroccidente” ) ante episodios de actividad del volcán Galeras.
De aquella experiencia conservo una enseñanza fundamental: tener un plan de emergencia no significa necesariamente tener una población protegida.
Entre una cosa y otra existen comunicaciones, transporte, rutas de evacuación, lugares seguros, coordinación institucional, capacidad de decisión y, sobre todo, confianza.
Evacuar preventivamente presenta además una dificultad extraordinaria: hay que convencer a personas que todavía no han sufrido la catástrofe de abandonar sus hogares porque algo puede ocurrir.
Después del desastre sucede exactamente lo contrario.
Ya no existe tiempo para convencer.
Hay que actuar.
Haití: cuando colapsa también quien debe responder
El terremoto de Haití me permitió experimentar la otra cara de una catástrofe.
Allí el problema no fue solamente asistir a una población devastada. El terremoto golpeó simultáneamente personas, infraestructura, comunicaciones y las propias instituciones responsables de organizar la respuesta.
Ese probablemente sea uno de los escenarios más peligrosos: cuando el sistema encargado de administrar la emergencia también se convierte en víctima de ella.
Entonces la crisis se expande rápidamente. Hospitales, agua, alimentos, combustible, desplazamientos humanos, comunicaciones, seguridad, protección de instalaciones críticas y coordinación de la asistencia internacional pasan a formar parte del mismo problema.
Es en ese momento cuando un desastre natural deja de ser solamente un fenómeno geológico y se transforma en una crisis de Seguridad Humana.
Colombia y Venezuela: dos terremotos, dos pruebas
La comparación con Venezuela resulta inevitable.

Los terremotos del 24 de junio pasado produjeron allí una catástrofe de dimensiones todavía mayores. Pero ambos acontecimientos permiten analizar algo que trasciende el número de víctimas.
Los desastres naturales son auténticas pruebas de estrés de los Estados.
La pregunta no es solamente qué presidente llegó primero al lugar afectado o quién apareció más veces frente a las cámaras.

Las preguntas importantes son otras:
¿Funcionó la cadena de mando? ¿Los organismos sabían qué hacer? ¿Existían recursos disponibles? ¿Fuerzas Armadas, Policía, bomberos y autoridades civiles pudieron interoperar? ¿Los hospitales mantuvieron su capacidad? ¿Funcionaron las comunicaciones? ¿La ayuda internacional fue solicitada y canalizada correctamente? ¿La población recibió información confiable?
Eso es lo que permite distinguir reacción política de resiliencia institucional.
Una región bajo amenaza
Hay además una coincidencia que merece aclararse. Horas después del terremoto colombiano, Costa Rica registró un sismo propio, de magnitud aproximada 5,2, frente a su costa del Pacífico.
No fue una extensión del terremoto colombiano sino un fenómeno diferente.
La coincidencia sirve, sin embargo, para recordar la exposición permanente de nuestra región a terremotos, volcanes, inundaciones, huracanes, incendios y otros fenómenos capaces de modificar la vida de millones de personas en minutos.
Y abre una pregunta mucho mayor.
¿Cómo reaccionan los liderazgos regionales cuando desaparecen repentinamente las condiciones normales sobre las que funciona un país?
México acumula una enorme experiencia sísmica. Chile desarrolló una sólida cultura institucional después de algunas de las mayores catástrofes de su historia. Perú convive con un riesgo sísmico permanente. Costa Rica posee una importante arquitectura de prevención. El Salvador enfrenta amenazas sísmicas, volcánicas y meteorológicas. Ecuador combina vulnerabilidad geológica con una compleja situación de seguridad. Argentina ha debido enfrentar incendios e inundaciones de gran extensión. Estados Unidos dispone de recursos extraordinarios, aunque Katrina demostró que disponer de medios no garantiza necesariamente una respuesta eficiente.
Venezuela y ahora Colombia agregan dos casos recientes que deberán ser estudiados.
Cuando el Estado queda desnudo
Durante una catástrofe la población necesita cosas elementales: saber quién manda, dónde acudir, qué camino utilizar, dónde existe asistencia médica, cuándo llegará el agua, quién protegerá sus viviendas y si puede confiar en la información que recibe.
Por eso los grandes desastres dejan al Estado prácticamente desnudo.
En pocas horas revelan fortalezas y debilidades que durante años pueden permanecer escondidas detrás de presupuestos, discursos, organismos y protocolos.
El volcán Galeras me enseñó la importancia de anticiparse. Haití, lo que sucede cuando el desastre supera las capacidades disponibles. Colombia vuelve a colocar frente a nosotros la misma pregunta:
¿Qué tan preparado está un Estado para continuar siendo Estado cuando todo lo que lo rodea comienza a derrumbarse?
Las próximas horas nos darán parte de la respuesta.