Reconstrucción, democracia y una nueva arquitectura de poder en las Américas
Venezuela ya no está en el lugar en que se encontraba hace apenas unos meses. Nicolás Maduro está fuera del poder, Delcy Rodríguez conduce un gobierno interino, Washington administra buena parte de los tiempos de la transición, la oposición vuelve a negociar dentro del país y María Corina Machado continúa representando una fuerza política que resulta difícil imaginar ausente de cualquier solución democrática definitiva.
Pero ocurrió algo más.
El 24 de junio de 2026, dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 golpearon el norte venezolano con apenas segundos de diferencia. La catástrofe destruyó edificios, infraestructura y vidas, pero también hizo visible algo que llevaba años deteriorándose silenciosamente: la capacidad del Estado venezolano.
Desde ese momento, transición política y reconstrucción nacional dejaron de ser procesos separables.
Venezuela no necesita solamente reconstruir ciudades. Necesita reconstruir Estado, instituciones, legitimidad, economía y confianza.
Ese cambio ya es impostergable.
Un país atrapado entre dos órdenes
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero de 2026 modificó radicalmente el tablero venezolano, pero no produjo automáticamente una democracia.
Ese matiz es fundamental.
El aparato estatal heredado del chavismo continuó funcionando. Delcy Rodríguez asumió la conducción interina y Washington priorizó inicialmente estabilidad, gobernabilidad y recuperación económica antes que una ruptura inmediata de todo el sistema político.
En otras palabras: se produjo la remoción del vértice sin desmontar todavía completamente la arquitectura que lo sostenía.
Eso explica buena parte de la Venezuela actual.
Estados Unidos impulsó posteriormente un proceso en etapas que combina estabilización, recuperación institucional y transición política. En agosto comenzaron formalmente las conversaciones entre representantes del gobierno interino y una delegación opositora encabezada por Dinorah Figuera, vinculada a la Asamblea Nacional electa en 2015.
Y ya existe un resultado que no debería minimizarse.
El primer ciclo negociador produjo un acuerdo para renovar completamente el Tribunal Supremo de Justicia y avanzar en mecanismos destinados a recuperar activos venezolanos bloqueados en el exterior para utilizarlos, entre otros objetivos, en la reconstrucción posterior al terremoto. También comenzaron nuevas liberaciones de presos políticos.
Son movimientos significativos.
Pero todavía no constituyen una transición democrática irreversible.
La variable María Corina Machado
Aquí aparece probablemente la principal anomalía política del proceso.
María Corina Machado permanece fuera de la mesa formal de negociaciones.
Puede comprenderse tácticamente la decisión estadounidense de intentar construir primero un mecanismo negociador capaz de evitar una implosión institucional. Mucho más difícil resulta imaginar una transición políticamente sostenible que excluya indefinidamente a quien continúa siendo una de las principales referencias de la oposición venezolana.
Washington parece estar intentando resolver un problema clásico de las transiciones: cómo desmontar gradualmente un régimen autoritario sin provocar simultáneamente el colapso del Estado.
La prioridad inmediata ha sido estabilidad.
Pero estabilidad y legitimidad no son sinónimos.
Machado posee algo que ningún diseño diplomático puede fabricar: capital político propio. Su exclusión de la negociación puede facilitar determinados acuerdos entre élites; mantenerla indefinidamente fuera de la arquitectura política futura podría, por el contrario, debilitar la legitimidad del proceso.
Ella misma ha reclamado acelerar las elecciones y ha advertido sobre el riesgo social de prolongar excesivamente la transición. Reuters informó en abril que esperaba regresar a Venezuela antes de finalizar 2026.
La pregunta más importante es otra:
La cuestión, por tanto, ya no consiste solamente en preguntar cuándo regresará María Corina Machado si no ¿qué lugar tendrá en el nuevo sistema político venezolano?
Porque una transición democrática no puede ser únicamente un acuerdo entre quienes administran el viejo Estado y quienes cuentan con reconocimiento internacional. También necesita incorporar representación social y legitimidad electoral.
Entonces llegó el terremoto
El doble sismo del 24 de junio alteró todas las prioridades.
La comparación posterior entre Venezuela y Colombia terminó convirtiéndose, involuntariamente, en una extraordinaria radiografía de dos Estados.
Reuters documentó cómo en sectores venezolanos fueron inicialmente civiles y familiares quienes removieron escombros con herramientas improvisadas ante problemas de coordinación, equipamiento y capacidad institucional. En Colombia, pocas semanas después, voluntarios fueron rápidamente integrados en estructuras de respuesta donde intervinieron bomberos, policía, fuerzas militares y organismos de búsqueda y rescate.
Existen diferencias geológicas entre ambos eventos y sería metodológicamente incorrecto comparar solamente víctimas.
Pero la comparación institucional sí resulta válida. Los desastres naturales realizan una suerte de auditoría brutal del Estado.
En cuestión de minutos revelan capacidades que durante años pueden esconderse detrás de discursos, propaganda, presupuestos o estructuras burocráticas.
Mando, comunicaciones, logística, sanidad, infraestructura, coordinación civil-militar, protección civil, capacidad territorial y confianza ciudadana.
Venezuela mostró importantes déficits en varios de esos niveles.
Y esa realidad modifica también el problema político.
US$19.600 millones y una década que Venezuela no tiene
La evaluación preliminar del Banco Mundial dimensiona el desafío.
Los terremotos provocaron aproximadamente US$19.600 millones en daños físicos directos.
El 47% corresponde a edificios residenciales, el 27% a infraestructura y el 26% a construcciones no residenciales. La Guaira y el Distrito Capital concentran aproximadamente la mitad de los daños registrados.
Pero existe una advertencia todavía más importante.
Según el organismo, manteniendo los niveles actuales de inversión pública y privada, la reconstrucción podría continuar incompleta incluso dentro de diez años.
Venezuela no dispone políticamente de diez años.
La reconstrucción exigirá capital internacional, seguridad jurídica, instituciones confiables, transparencia financiera, reconstrucción energética, infraestructura, vivienda, servicios públicos y capacidad estatal.
La reconstrucción física depende inevitablemente de la reconstrucción política.
Ahí está probablemente la verdadera bisagra histórica.
Durante años podía discutirse la democratización venezolana casi exclusivamente en términos políticos.
Después del terremoto, democratización, gobernabilidad y reconstrucción económica comenzaron a formar parte del mismo problema estratégico.
El oro de Londres y la batalla por la confianza
Un episodio aparentemente financiero sintetiza esa transformación.
Venezuela busca recuperar aproximadamente 31 toneladas de oro depositadas en el Banco de Inglaterra, valoradas en varios miles de millones de dólares, para destinarlas parcialmente a la reconstrucción. El gobierno interino y sectores opositores han coincidido ahora en promover su recuperación bajo mecanismos de control.
El desafío no es solamente obtener esos recursos. Es demostrar que pueden administrarse de una manera diferente. Porque la reconstrucción venezolana necesitará mucho más que petróleo, oro o crédito.
Necesitará confianza. Confianza de los venezolanos, de quienes emigraron, de organismos multilaterales, de inversionistas de países vecinos.
Y la confianza es probablemente una de las infraestructuras más destruidas después de décadas de crisis institucional.
Colombia cambia de posición
Mientras Venezuela intenta comenzar su reconstrucción, ocurre simultáneamente una transformación estratégica en su frontera occidental.
La llegada de Abelardo de la Espriella a la Presidencia colombiana el 7 de agosto terminó con la ambigüedad que había caracterizado buena parte de la relación Bogotá-Washington durante el gobierno anterior.
El nuevo presidente anunció una ofensiva contra cultivos ilícitos y organizaciones armadas y decidió incorporar Colombia al Escudo de las Américas, la arquitectura de cooperación impulsada por Estados Unidos contra carteles, redes narcoterroristas y amenazas transnacionales.
El movimiento tiene enorme importancia para Venezuela.
Colombia vuelve a convertirse en un socio central de Washington en seguridad hemisférica.
El secretario de Defensa estadounidense Pete Hegseth afirmó que Colombia autorizó operaciones militares conjuntas contra organizaciones terroristas y confirmó que se analiza cooperación contra estructuras como el ELN y disidencias de las FARC. Un funcionario estadounidense llegó a señalar a Reuters que la nueva relación podría superar los niveles de cooperación alcanzados durante el Plan Colombia.
Por supuesto, semejante estrategia abre debates legítimos sobre soberanía, proporcionalidad, derecho internacional y militarización de la lucha contra el crimen organizado.
Pero desde el punto de vista estratégico el mensaje es inequívoco: el entorno regional de Venezuela está cambiando.
Del problema venezolano al tablero hemisférico
Escudo de las Américas debe ser leído mucho más allá del narcotráfico.
La doctrina estadounidense está progresivamente vinculando crimen organizado transnacional, terrorismo, control territorial, rutas marítimas, infraestructura estratégica e influencia de actores extrarregionales.
Washington habla explícitamente de proteger el hemisferio frente a narcotraficantes y frente a influencias extranjeras consideradas hostiles.
Eso coloca inevitablemente a Venezuela dentro de un tablero mucho mayor.
Caribe, Colombia, Panamá, rutas marítimas, petróleo, minerales, puertos, migración, grupos armados, China, Rusia, Irán, crimen organizado trasnacional.
La transición venezolana, por tanto, no ocurre en aislamiento.
Está sucediendo mientras Estados Unidos redefine su presencia hemisférica y varios gobiernos latinoamericanos adoptan políticas de seguridad considerablemente más duras frente al narcotráfico y las organizaciones criminales.
Lo que está cambiando no es únicamente el color político del mapa.
Está comenzando a modificarse la arquitectura de poder de las Américas.
El peligro de confundir seguridad con democracia
Existe, sin embargo, un riesgo. Un país devastado puede sentirse tentado a priorizar exclusivamente orden, reconstrucción y estabilidad.
Sería comprensible.
Pero también peligroso.
Venezuela necesita seguridad para reconstruirse, pero esa seguridad debe estar subordinada a instituciones democráticas.
Necesita Fuerzas Armadas profesionales, Policía reconstruida, Inteligencia, control fronterizo, protección de infraestructura crítica, capacidad de respuesta ante emergencias y combate al crimen organizado.
Pero necesita simultáneamente independencia judicial, garantías políticas, prensa libre, transparencia, elecciones competitivas y controles institucionales.
La reconstrucción del Estado no puede convertirse en la reconstrucción de otro Estado autoritario.
Ese probablemente será uno de los desafíos más delicados de los próximos años.
Reconstruir algo más que edificios
Venezuela posee petróleo, gas, minerales, costas estratégicas, capital humano y millones de ciudadanos en una diáspora que podría convertirse en una extraordinaria fuente de conocimiento, inversión y reconstrucción.
Pero ningún recurso sustituye instituciones.
El gran terremoto hizo visible físicamente lo que la crisis venezolana llevaba años demostrando políticamente: cuando las instituciones se deterioran durante demasiado tiempo, finalmente también se deteriora la capacidad de proteger la vida.
Por eso la reconstrucción puede terminar desempeñando un papel histórico inesperado.
Puede obligar a los actores venezolanos a hacer aquello que durante años no consiguieron hacer por razones exclusivamente políticas: acordar reglas, prioridades, controles, responsabilidades y una arquitectura institucional común.
María Corina Machado tendrá que encontrar su lugar dentro de ese proceso.
El chavismo que sobreviva tendrá que aceptar que ya no puede gobernar como antes.
Las Fuerzas Armadas deberán redefinir su relación con el Estado y no con un proyecto partidario.
Estados Unidos tendrá que demostrar que su objetivo final no es solamente estabilidad estratégica.
Y la oposición deberá demostrar que sabe algo más que resistir: que también sabe gobernar y reconstruir.
La verdadera transición
Los próximos meses podrían ser decisivos.
Habrá negociaciones, disputas, resistencia de sectores que perderán poder, intereses petroleros, presión estadounidense, pugnas dentro de la oposición y probablemente aparecerán actores que hoy todavía permanecen en segundo plano.
Pero existe algo difícilmente reversible.
La Venezuela de diciembre de 2025 ya no existe.
La de junio de 2026 tampoco.
El terremoto terminó de cerrar una época.
Ahora comienza algo mucho más difícil que remover un gobierno: reconstruir un país.
Y la experiencia internacional demuestra que las verdaderas transiciones no se miden por el día en que cae un régimen.
Se miden por la calidad de las instituciones que consiguen construirse después.
Venezuela enfrenta exactamente ese momento.
El cambio político ya no es solamente deseable.
Es impostergable.
Fuentes principales
- Banco Mundial, World Bank Group Estimates Venezuela Earthquakes Damage at $19.6 Billion, 23 de julio de 2026.
- Reuters, cobertura de la transición política venezolana, reconstrucción, activos venezolanos y negociaciones, julio-agosto de 2026.
- Reuters, US floats prospect of joint strikes on Colombian armed groups, 12-15 de agosto de 2026.
- Reuters, A tale of two buildings: how quake rescue efforts differed in Colombia and Venezuela, 15 de agosto de 2026.
- EL PAÍS, cobertura del proceso de transición, negociaciones venezolanas y renovación del Tribunal Supremo, julio-agosto de 2026.
- Associated Press, cobertura de las conversaciones políticas venezolanas y de la respuesta regional ante los terremotos.
- U.S. Geological Survey, secuencia sísmica venezolana del 24 de junio de 2026.