Petróleo, geopolítica y una nueva arquitectura del poder
Introducción
Un cuarto de siglo. Un siglo.
Primero fueron 25 años.
Después apareció una cifra mucho más difícil de ignorar: 100 años.

La aparente contradicción encierra, en realidad, dos dimensiones de una misma operación. Caracas presentó un horizonte económico y productivo de 25 años para desarrollar 17 campos petroleros y generar más de 200.000 millones de dólares en regalías e impuestos. Washington reveló posteriormente que las concesiones otorgadas a North American Blue Energy Partners (NABEP *) sobre esos campos tendrán una duración de 100 años. En conjunto, contienen aproximadamente 65.000 millones de barriles de reservas probadas. Casa Blanca
Un cuarto de siglo para medir ingresos y recuperación productiva.
Un siglo para explotar los campos.
La diferencia no es semántica. Es estratégica.
El acuerdo anunciado entre Estados Unidos y Venezuela no debe interpretarse simplemente como una transacción petrolera. Estamos frente a un posible mecanismo de reconstrucción económica, reinserción internacional y reordenamiento geopolítico, construido alrededor del principal activo del país.
Venezuela necesita capital, tecnología y mercados para reconstruirse. Estados Unidos necesita energía, influencia y profundidad estratégica. El petróleo vuelve a reunirlos.
Pero una concesión de cien años transforma una oportunidad económica en una cuestión de poder.
El acuerdo detrás del acuerdo
La arquitectura conocida hasta ahora concede a NABEP derechos sobre 17 campos y prevé inversiones de hasta 100.000 millones de dólares para recuperar infraestructura y aumentar la producción. NABEP otorgó al Office of Strategic Capital, dependiente del Departamento de Defensa, una participación accionaria del 35 % en su sociedad matriz. El Departamento de Estado obtiene, además, acceso preferencial al 20 % de la producción a precio de costo y derecho de primera opción sobre el resto.
Esto no equivale jurídicamente a que Estados Unidos haya adquirido la propiedad de las reservas venezolanas. Los recursos continúan perteneciendo a Venezuela.
Lo que Washington busca es algo diferente: capacidad de influencia sobre la estructura que los producirá, comercializará y transformará en ingresos durante décadas.
En otras palabras, NABEP aporta la operación petrolera y el Pentágono incorpora esa operación a la seguridad nacional estadounidense.

La Asamblea Nacional venezolana, dominada por el oficialismo, respaldó el acuerdo el 1.º de septiembre. Sin embargo, los contratos completos y los instrumentos corporativos no han sido publicados, y especialistas consultados por Reuters plantean dudas sobre su legalidad, transparencia y viabilidad futura. Reuters
La pregunta inevitable es si un gobierno interino posee legitimidad suficiente para comprometer una porción tan significativa de la estructura energética nacional durante un siglo.
La duración busca ofrecer seguridad a los inversores. Paradójicamente, también puede multiplicar el riesgo político: futuros gobiernos venezolanos podrían intentar revisar condiciones negociadas durante una transición excepcional.
Reconstruir la capacidad nacional
Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, pero disponer del recurso no equivale a tener capacidad para convertirlo en producción, ingresos y poder nacional.
Su industria necesita recuperar pozos, oleoductos, refinerías, terminales, generación eléctrica, almacenamiento, tecnología, información geológica y capital humano. También necesita reglas relativamente estables y una administración capaz de sostener proyectos multimillonarios.
La reconstrucción ya no depende de un único acuerdo. Chevron anunció inversiones superiores a 7.000 millones de dólares para duplicar su producción venezolana hasta aproximadamente 600.000 barriles diarios en cinco años. Eni, ONGC, GeoPark, GE Vernova y otras compañías avanzan en nuevos proyectos energéticos. El secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, afirmó en Caracas que estas inversiones podrían más que duplicar la producción venezolana durante los próximos años. Reuters
Comienza a formarse un ecosistema: petróleo – inversión – tecnología – infraestructura – mercados – garantías políticas.
Por eso resulta insuficiente hablar de normalización de relaciones o levantamiento de sanciones. Lo que puede estar comenzando es una reintegración estratégica de Venezuela al sistema energético occidental.
La recuperación, sin embargo, no será automática. Una parte importante del crudo venezolano es pesado o extrapesado, exige grandes inversiones y necesita instalaciones especializadas. Las reservas bajo tierra no son barriles disponibles mañana. Reconstruir una industria degradada durante décadas requerirá tiempo, estabilidad y la participación de múltiples operadores.

El propio diseño del acuerdo puede convertirse en un obstáculo si NABEP recibe ventajas que coloquen a otras empresas en condiciones desiguales. Una reconstrucción basada en privilegios políticos, en lugar de competencia y seguridad jurídica, podría ahuyentar parte del capital que Venezuela necesita. Reuters
Las miradas del mundo
Para Washington, Venezuela representa una combinación excepcional: enormes reservas, proximidad geográfica, crudo compatible con las refinerías del golfo de México y posibilidad de reducir la exposición estadounidense a regiones más inestables.
En un escenario atravesado por la guerra con Irán, las perturbaciones en el estrecho de Ormuz, la competencia con China y la volatilidad de los mercados, la geografía recupera su valor. Venezuela no está en Oriente Medio ni en Eurasia.
Está en el Caribe.
La proximidad energética también es poder.
Para China, el acuerdo significa la aparición de una competencia occidental mucho más intensa dentro de un espacio en el que construyó durante años relaciones financieras, comerciales y energéticas. No supone necesariamente su expulsión de Venezuela, pero reduce el margen de influencia que obtuvo durante el aislamiento de Caracas.

Para Rusia, la pérdida potencial puede ser más sensible. Venezuela funcionó como socio político, plataforma de cooperación y punto de presencia estratégica a escasa distancia del territorio estadounidense. Según funcionarios citados por Reuters, varios de los campos incluidos estuvieron vinculados a operadores rusos y chinos. Su transferencia hacia una estructura controlada desde Estados Unidos representa un desplazamiento geopolítico, además de empresarial. Reuters
Para Irán, una Venezuela reintegrada al circuito económico occidental implica la reducción gradual de un espacio utilizado para cooperación energética, logística y política.
Y para Latinoamérica, el experimento venezolano puede anticipar una nueva modalidad estadounidense de actuación hemisférica: inversión privada, control financiero, acceso energético, seguridad económica y desplazamiento de competidores extrarregionales.
Tiene algo de Doctrina Monroe, pero los instrumentos pertenecen al siglo XXI.
Capital privado, participación estatal, control financiero, acceso energético y desplazamiento de competidores extrarregionales.
No es simplemente libre mercado.
Es poder económico empleado con una finalidad estratégica.
La gran contradicción
La reconstrucción petrolera puede ofrecer ingresos, empleo, infraestructura y capacidad estatal. Pero reconstruir Venezuela no significa necesariamente democratizarla.
Estados Unidos necesita estabilidad contractual, seguridad para las inversiones y un interlocutor capaz de ejecutar los acuerdos. La transición democrática necesita legitimidad, elecciones competitivas, separación de poderes y reconstrucción institucional.
Ambos procesos deberían complementarse.
Pero sus tiempos y prioridades pueden divergir.
El petróleo que puede financiar la recuperación venezolana también puede fortalecer al gobierno que administre esos recursos. Y una administración interina capaz de garantizar producción y estabilidad podría adquirir para Washington un valor superior al de una transición política rápida e incierta.
Ese es el dilema central: ¿la reconstrucción económica será utilizada para completar la transición democrática o la necesidad de estabilidad terminará congelando esa transición?
Perspectivas
Cuando el tiempo se convierte en poder
Imaginemos el escenario.
Venezuela duplica progresivamente su producción. Regresan capital y tecnología. Se recuperan campos, refinerías y terminales. Chevron amplía sus operaciones. NABEP consolida su estructura. Estados Unidos asegura acceso preferencial al crudo. China mantiene intereses, pero pierde posiciones. Rusia e Irán ven reducido su espacio de maniobra.
Una Venezuela debilitada comienza entonces a recuperar capacidad económica.
Y con ella, vuelve a acumular poder.
No el poder retórico de los discursos revolucionarios.
Poder tangible: energía, capital, infraestructura, geografía, recursos y capacidad de negociación internacional.
Pero la reconstrucción abre una segunda disputa: quién conseguirá controlar, orientar y transformar ese poder.
¿El Estado venezolano? ¿El gobierno que emerja de una transición democrática? ¿Washington? ¿Las grandes corporaciones? ¿NABEP? ¿Una nueva élite económica venezolana? ¿O una combinación inestable de todos ellos?
Cien años atraviesan administraciones estadounidenses, gobiernos venezolanos, generaciones políticas, transiciones energéticas y diferentes órdenes internacionales. Esa duración revela la verdadera ambición de la operación: convertir el tiempo en un instrumento de influencia.
Quizás no estemos observando solamente la reconstrucción de la industria petrolera venezolana.
Quizás estemos presenciando el comienzo de la reconstrucción estratégica de Venezuela y, simultáneamente, una nueva distribución del poder en el Caribe y el hemisferio occidental.
El petróleo es el instrumento.
La reconstrucción es el proceso.
La verdadera disputa será por quién consiga transformarlos en una palabra mucho más antigua: PODER.
Nota:
NABEP (North American Blue Energy Partners) es una empresa energética privada dirigida por el empresario venezolano Alejandro Betancourt López, cofundador de Derwick Associates y una de las figuras asociadas por la prensa con los llamados “bolichicos”: jóvenes empresarios que acumularon grandes fortunas mediante contratos públicos durante el chavismo. Betancourt y sus compañías han sido objeto de investigaciones en Estados Unidos, España y Suiza por presunto lavado de activos y posibles irregularidades relacionadas con contratos energéticos; no obstante, hasta la fecha no ha sido condenado ni enfrenta cargos penales activos en esos países. Su protagonismo al frente de NABEP -beneficiaria de concesiones petroleras por cien años- introduce interrogantes adicionales sobre transparencia, selección empresarial y concentración de poder dentro del acuerdo. Reuters, The Washington Post
Fuentes consultadas
Casa Blanca, ficha oficial del acuerdo, 31 de agosto de 2026; Reuters, 27 de agosto–2 de septiembre de 2026; Associated Press, 31 de agosto–2 de septiembre de 2026; NTN24, 30 de agosto–2 de septiembre de 2026; Caracol Radio, 30 de agosto–1.º de septiembre de 2026; declaraciones de Donald Trump, Delcy Rodríguez, Marco Rubio y Chris Wright.