137 estructuras activas y más de 2.700 personas identificadas. El nuevo mapa oficial confirma una transformación que excede largamente a las tradicionales “bandas”: territorio, clanes, armas, narcotráfico, dinero y violencia comienzan a formar parte de un mismo sistema.
Desde hace años sostengo, tanto en mis libros «Bandas Criminales en Latinoamérica» como en diferentes artículos sobre seguridad y crimen organizado, que uno de los principales errores al estudiar estos fenómenos consiste en observar a las bandas como organizaciones aisladas.
Una banda nunca existe en el vacío. Necesita territorio, mercados, armas, dinero, comunicaciones, logística y personas dispuestas a incorporarse a ella. Cuando además establece alianzas, terceriza determinadas funciones, adquiere capacidad financiera y comienza a relacionarse con otras estructuras, deja de ser solamente una banda. Empieza a formar parte de algo mayor.
La información presentada por el Ministerio del Interior ante el Senado a fines de septiembre de 2026 permite actualizar aquella mirada. La Policía tiene identificadas 137 estructuras criminales activas y más de 2.700 personas vinculadas a ellas.
Pero quizás el dato más importante no sea la cifra.
Es la estructura que existe detrás de ella.
Ya no estamos hablando solamente de bandas
El Sistema Nacional de Registro y Análisis de Estructuras Criminales distingue organizaciones criminales, grupos criminales, bandas, clanes familiares, redes criminales y barras bravas según su organización, permanencia, complejidad y capacidad operativa.
La distinción resulta fundamental. Hablar simplemente de “137 bandas” sería conceptualmente incorrecto y ocultaría precisamente la transformación que debemos comprender.
El escenario criminal uruguayo es heterogéneo.
Conviven pequeños grupos territoriales, organizaciones más estructuradas, familias vinculadas durante generaciones a determinadas actividades ilícitas y redes capaces de cooperar sin necesidad de responder a una conducción única.

Esta última categoría merece especial atención. La organización criminal tradicional tiene jerarquías. La red puede funcionar sin ellas. Diferentes actores pueden aportar droga, armas, transporte, información, dinero o capacidad logística y separarse posteriormente.
Por eso propongo observar la evolución criminal mediante una secuencia analítica:
BANDA / CLAN / ESTRUCTURA / RED / ECOSISTEMA
No significa que todas las organizaciones necesariamente recorran esas etapas ni que una categoría sustituya a la anterior. Pueden coexistir, superponerse e incluso retroceder.
Lo importante es comprender el proceso.
El peligro no reside solamente en que una banda crezca. También reside en que las bandas aprendan a conectarse.
La geografía del poder criminal
Montevideo concentra 37 estructuras identificadas por la Policía. Marconi registra cinco; Villa Española, Piedras Blancas, Cerro y Cruz de Carrasco, cuatro en cada zona. Existen además estructuras y conflictos en Cerro Norte, Casabó, La Paloma, Lavalleja, Peñarol y otros territorios.
Investigaciones policiales y periodísticas han permitido identificar nombres recurrentes. Aparecen, entre otros, Suárez, Albín y Puglia, además de otros clanes y grupos cuya composición, alianzas y rivalidades cambian con el tiempo.
Debe evitarse, sin embargo, una simplificación frecuente. Compartir apellido no significa necesariamente integrar la misma estructura. Los Suárez de una zona pueden no responder a los Suárez de otra, del mismo modo que determinadas ramas familiares pueden desarrollar alianzas diferentes.
Esto demuestra que el mapa criminal no puede representarse solamente mediante puntos.
Necesitamos representar líneas.
¿Quién coopera con quién? ¿Quién suministra armas? ¿Quién distribuye drogas? ¿Quién proporciona vehículos? ¿Quién ejecuta los homicidios? ¿Quién lava el dinero?
Allí comienza a aparecer el verdadero mapa.
El 58%: cuando matar se convierte en una función
El Ministerio ha aportado un indicador particularmente significativo: el 58% de los homicidios estaría actualmente relacionado con conflictos criminales. En 2013 esa proporción rondaba el 30%.
La evolución merece atención porque modifica la naturaleza del problema.
En determinados entornos criminales el homicidio deja de ser solamente consecuencia de una discusión, una rapiña o un episodio circunstancial. Puede convertirse en un instrumento destinado a eliminar competidores, conquistar mercados, recuperar deudas, castigar traiciones, proteger cargamentos, disciplinar integrantes o construir reputación.
La Policía ha identificado además planificación previa de ataques, utilización de tecnología para localizar objetivos, robos de cargamentos de drogas, disputas por lugares de acopio y comercialización y episodios de sicariato o “muerte encomendada”.
Aquí aparece una de las transformaciones más importantes.
El homicidio deja de ser únicamente una consecuencia del mercado criminal y comienza a funcionar como mecanismo para regularlo.
Por eso contar muertos ya no alcanza para comprender la violencia uruguaya.
Necesitamos preguntarnos:
¿Quién mata? ¿Por qué mata? ¿Para quién mata? ¿Qué mercado existe detrás de esa muerte? ¿Quién obtiene el beneficio?
La nueva capa de violencia
En artículos anteriores utilicé la expresión “una nueva capa de violencia” para describir determinados acontecimientos que comenzaban a observarse en Uruguay.
Hoy podemos precisar mejor aquel concepto.
No se trata exclusivamente de más homicidios. Tampoco solamente de armas más potentes.
La nueva capa aparece cuando diferentes capacidades comienzan a converger:
TERRITORIO / ORGANIZACIÓN / MERCADO ILÍCITO / ARMAS / VIOLENCIA / DINERO

Y el circuito vuelve a comenzar.
El dinero compra drogas, vehículos, armas, comunicaciones, logística y capacidad de protección. Permite reclutar integrantes y ampliar mercados. Una parte de esos recursos deberá además ocultarse, convertirse en bienes, atravesar fronteras o introducirse nuevamente en la economía formal.
Por eso narcotráfico y lavado de activos no deberían analizarse como fenómenos separados.
Seguir al vendedor de drogas permite llegar hasta determinado nivel. Seguir el dinero puede conducir mucho más arriba.
Las investigaciones recientes sobre narcotráfico, movimientos financieros, casas de cambio y circuitos transfronterizos obligan precisamente a ampliar la mirada.
Armas: cuando la capacidad criminal se transforma en poder
Entre enero y agosto, las operaciones dirigidas contra estructuras criminales implicaron 870 allanamientos y permitieron incautar 418 armas, más de 66.000 cartuchos y aproximadamente 240 kilos de drogas. Cerca de 700 personas resultaron formalizadas o condenadas.
Pero existe otro indicador inquietante: el incremento de homicidios en los cuales aparecen armas automáticas o pistolas modificadas para disparar en ráfaga, especialmente en conflictos relacionados con narcotráfico en Montevideo y Canelones.
Las armas no crean por sí mismas una organización criminal.
Pero multiplican su capacidad de coerción. Territorio + dinero + inteligencia + armas + capacidad de matar = poder criminal.
Y cuando ese poder comienza a condicionar la vida cotidiana de un territorio —quién entra, quién vende, quién habla, quién puede permanecer allí— el problema deja de ser exclusivamente policial.
Se convierte en un problema de gobernanza y autoridad estatal.
Uruguay no es una isla criminal
Tampoco podemos estudiar este fenómeno exclusivamente dentro de nuestras fronteras.
La Inteligencia policial ha señalado la influencia metodológica ejercida por organizaciones brasileñas, particularmente el Primer Comando da Capital (PCC), sobre determinados actores criminales uruguayos. También existen integrantes de facciones brasileñas recluidos en establecimientos penitenciarios nacionales.
Esto no significa afirmar que Uruguay esté reproduciendo el modelo brasileño.
Significa reconocer algo mucho más elemental: el conocimiento criminal circula.
Circulan métodos. Circulan contactos. Circulan armas y drogas. Circulan mecanismos financieros. Circulan experiencias penitenciarias y formas de ejercer violencia.
Las cárceles adquieren entonces una dimensión estratégica porque pueden transformarse en espacios de encuentro, aprendizaje, reclutamiento y construcción de nuevas relaciones criminales.
Cinco indicadores que deberíamos observar
Si queremos anticiparnos a una evolución hacia estructuras de mayor complejidad, considero que Uruguay debería observar especialmente cinco señales.
Primero, territorialización. La capacidad de una organización para mantener presencia estable y ejercer coerción sobre una comunidad.
Segundo, profesionalización de la violencia. Sicariato, inteligencia previa, utilización de tecnología y separación entre quien ordena y quien ejecuta.
Tercero, acceso sostenido a armas y municiones. Particularmente armas automáticas, modificaciones ilegales y circuitos capaces de abastecer regularmente a distintas estructuras.
Cuarto, conectividad criminal. Alianzas entre grupos locales, relaciones penitenciarias, vínculos transfronterizos y cooperación con organizaciones extranjeras.
Quinto, sofisticación financiera. Capacidad para mover, ocultar, invertir o transformar los beneficios obtenidos mediante narcotráfico y otras economías ilícitas.
Ningún indicador aislado demuestra la existencia de una organización criminal compleja.
Su convergencia, en cambio, debería activar todas las alarmas.
Del mapa de bandas al mapa del poder
Uruguay mantiene fortalezas institucionales importantes. Sería un grave error trasladar mecánicamente al país los escenarios de México, Colombia, Ecuador o Brasil.
Pero cometeríamos otro error igualmente importante si esperáramos alcanzar esos niveles de violencia antes de reconocer nuestras propias señales.
Las 137 estructuras criminales activas constituyen una fotografía del presente.
El desafío consiste en comprender hacia dónde pueden evolucionar.
Por eso la respuesta no puede limitarse a detener integrantes, incautar drogas o cerrar bocas. Necesita inteligencia criminal integrada, investigación patrimonial, persecución financiera, trazabilidad de armas, control penitenciario, cooperación internacional, prevención del reclutamiento juvenil y recuperación sostenida de los territorios.
Durante años estudiamos las bandas criminales.
Ahora necesitamos estudiar las relaciones que existen entre ellas.
Porque el próximo nivel del crimen organizado uruguayo quizás no consista en la aparición de una enorme organización nacional con nombre propio.
Puede ser algo considerablemente más difícil de combatir: decenas de estructuras relativamente pequeñas, conectadas mediante personas, mercados, armas, cárceles, dinero y conocimiento criminal.
Eso es un ecosistema.
Y cuando el crimen organizado alcanza ese nivel, el mapa que realmente importa ya no es solamente el mapa de las bandas.
Es el mapa del poder criminal.