PROTEGER LO QUE MANTIENE FUNCIONANDO A UNA SOCIEDAD

Recursos críticos, resiliencia y la próxima frontera de la seguridad

Por Fernando Vaccotti

Son las 08:15 de la mañana.

En una ciudad cualquiera, millones de personas comienzan su jornada. Los semáforos ordenan el tránsito. Los hospitales reciben pacientes. Los bancos procesan transacciones en tiempo real.

Los puertos descargan mercancías. Las redes de telecomunicaciones mantienen conectados a ciudadanos, empresas y organismos públicos. La energía eléctrica fluye de manera silenciosa, mientras el agua potable llega a millones de hogares.

Para la inmensa mayoría de las personas, todo esto parece natural. Tan natural que rara vez nos detenemos a pensar qué ocurriría si alguno de esos sistemas dejara de funcionar.

Sin embargo, esa aparente normalidad descansa sobre una compleja red de infraestructuras, tecnologías, procesos y personas cuya interrupción puede alterar profundamente la vida de una comunidad en cuestión de horas.

Esa red constituye lo que hoy conocemos como recursos críticos.

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Durante muchos años, la seguridad se concentró en proteger instalaciones individuales: una central eléctrica, un aeropuerto, una refinería o un edificio gubernamental. Era una visión donde el objeto de protección era, fundamentalmente, físico.

El mundo actual obliga a ampliar esa perspectiva.

Hoy comprendemos que una infraestructura crítica no puede analizarse de forma aislada. La energía depende de las telecomunicaciones; las telecomunicaciones dependen del suministro eléctrico; el sistema financiero depende de los centros de datos; los hospitales dependen de todos ellos al mismo tiempo. La interrupción de uno de estos componentes puede desencadenar una cascada de efectos sobre sectores completamente distintos.

La verdadera vulnerabilidad del siglo XXI no reside únicamente en la posibilidad de que una instalación sea atacada, sino en la creciente interdependencia que caracteriza a nuestras sociedades.

En ese contexto, la protección de recursos críticos deja de ser una tarea exclusivamente técnica para convertirse en un componente esencial de la seguridad estratégica.

La pregunta ya no es únicamente qué debemos proteger, sino qué funciones esenciales debemos garantizar para que una sociedad continúe operando aun cuando enfrente una crisis.

Ese cambio de enfoque modifica profundamente la manera de entender la seguridad.

La criticidad de un recurso ya no depende únicamente de su tamaño, de su costo o de su complejidad tecnológica. Depende, sobre todo, de las consecuencias que produciría su pérdida, su degradación o su interrupción.

Un pequeño centro de distribución de agua potable puede resultar mucho más crítico que una instalación industrial de gran valor económico. Lo determinante no es la infraestructura en sí misma, sino la función que cumple dentro del sistema.

Los acontecimientos de los últimos años han demostrado esta realidad con particular claridad.

El ataque de ransomware contra Colonial Pipeline en 2021 no destruyó físicamente el oleoducto. Sin embargo, la interrupción temporal de sus operaciones provocó desabastecimiento de combustible, largas filas en estaciones de servicio y problemas logísticos que afectaron a buena parte de la costa este de los Estados Unidos.

De forma similar, los ataques contra la red eléctrica de Ucrania demostraron que una infraestructura crítica puede dejar de prestar un servicio esencial sin que exista una sola explosión sobre el terreno. El objetivo ya no era destruir equipos, sino afectar la capacidad de una sociedad para continuar funcionando.

Ambos casos dejaron una enseñanza fundamental: proteger recursos críticos significa proteger sistemas integrados donde conviven infraestructura física, redes digitales, procesos operativos y personas.

La gestión moderna del riesgo parte precisamente de esa comprensión.

Ninguna organización dispone de recursos ilimitados. Por esa razón, resulta imprescindible identificar cuáles son las funciones verdaderamente críticas, evaluar amenazas, analizar vulnerabilidades y establecer prioridades antes de asignar recursos.

La seguridad deja entonces de apoyarse exclusivamente en la intuición para transformarse en un proceso continuo de análisis, planificación y mejora.

Tampoco existe una única medida capaz de garantizar la protección.

Las organizaciones más resilientes construyen sucesivas capas de seguridad: disuasión, detección, demora, respuesta y recuperación. Cada una de ellas incrementa el tiempo disponible para actuar y reduce la probabilidad de que un incidente produzca consecuencias catastróficas.

Sin embargo, incluso los mejores sistemas tecnológicos comparten una característica: todos dependen, finalmente, de las personas.

La experiencia demuestra que detrás de la mayoría de los incidentes relevantes aparecen decisiones humanas. Un procedimiento omitido, una contraseña compartida, una comunicación deficiente o una capacitación insuficiente pueden neutralizar inversiones millonarias en tecnología.

Por esa razón, la verdadera cultura de seguridad comienza mucho antes de instalar una cámara o desplegar un software de monitoreo. Comienza cuando toda la organización comprende que forma parte del sistema de protección.

En consecuencia, la continuidad del negocio y la resiliencia dejan de ser conceptos reservados para especialistas y pasan a convertirse en atributos esenciales de cualquier organización responsable.

La pregunta ya no consiste únicamente en cómo evitar un incidente, sino también en cómo continuar operando cuando ese incidente inevitablemente ocurra.

Ese cambio conceptual probablemente constituye uno de los mayores avances de la gestión moderna de la seguridad.

Pero quizás no sea el último.

Durante décadas protegimos la infraestructura física.

Más recientemente incorporamos la protección de la infraestructura digital.

Sin embargo, la creciente influencia de la inteligencia artificial, la desinformación, las operaciones de influencia, la manipulación del entorno informativo y la competencia por moldear percepciones plantea una pregunta que merece comenzar a discutirse.

¿Existen también infraestructuras menos visibles cuya afectación pueda generar consecuencias estratégicas?

No me refiero únicamente a servidores o redes de comunicación.

Me refiero a aquellos sistemas que sostienen la confianza pública, la legitimidad institucional, la capacidad colectiva para interpretar la realidad, coordinar respuestas y tomar decisiones bajo condiciones de incertidumbre.

Tal vez estemos asistiendo al nacimiento de una nueva categoría que, provisionalmente, podríamos denominar infraestructura cognitiva.

No propongo esta idea como una doctrina consolidada. Tampoco como un concepto cerrado.

La planteo como una invitación a ampliar el debate.

Así como hace algunos años resultaba difícil imaginar que la ciberseguridad terminaría convirtiéndose en un componente inseparable de la protección de infraestructuras críticas, quizás en un futuro próximo comprendamos que la protección de los procesos cognitivos que sostienen a nuestras sociedades constituye otra dimensión indispensable de la seguridad.

Porque, al final, proteger recursos críticos nunca ha consistido únicamente en proteger edificios, puertos, aeropuertos, represas o centros de datos.

Consiste en preservar la capacidad de una sociedad para seguir funcionando, responder, recuperarse y mantener la confianza de sus ciudadanos cuando enfrenta la incertidumbre.

Y esa capacidad, probablemente, comienza mucho antes de una infraestructura física. Comienza en la forma en que una sociedad comprende la realidad, toma decisiones y actúa colectivamente frente a los desafíos de su tiempo.

Nota del autor: este artículo se basa en una conferencia – clase recientemente realizada a nivel latinoamericano bajo el marco de capacitación permanente de IFPO LATAM.

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Autor: Fernando Vaccotti

Former Field Security Officer OIM AMCA Venezuela. Consultor Privado en FV Consulting. Experto en Seguridad Internacional. Security Consulting Services & Solutions. Consultor Experto en Seguridad WFP (Programa Mundial de Alimentos ONU). Field Security Officer en OIM ONU -Migración. Soluciones en Seguridad Multidimensional. Pensando soluciones fuera de la caja. Out of box thinking.

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