Por Fernando Vaccotti
Quizás el mayor éxito del crimen organizado contemporáneo no sea su capacidad para ocultarse, si no haber logrado que muchos Estados sigan preparándose para amenazas que ya no existen.
Mientras gran parte de los gobiernos, organismos y organizaciones continúan analizando las amenazas que enfrentaron ayer, las organizaciones criminales ya están preparando las que utilizarán mañana.
Esta puede parecer una afirmación provocadora, pero basta observar la evolución reciente del crimen organizado transnacional para comprender que algo está cambiando.
Durante décadas, buena parte de los esfuerzos estuvieron orientados a identificar líderes, capturar cabecillas y desarticular organizaciones. Sin embargo, la experiencia demuestra que los nombres cambian, los liderazgos se reemplazan y las estructuras se reconfiguran. La caída de una figura relevante puede generar impactos operacionales importantes, pero rara vez elimina el fenómeno.
La atención pública suele concentrarse en los nombres propios. Sin embargo, los fenómenos criminales más complejos no dependen exclusivamente de individuos. Dependen de redes logísticas, mercados ilícitos, mecanismos de corrupción, flujos financieros y vacíos de gobernanza que continúan operando aun cuando algunos de sus líderes desaparecen de escena.
Los ejemplos recientes son ilustrativos.
El Tren de Aragua logró expandirse por diversos países de Latinoamérica adaptando sus actividades a las características de cada territorio. No exportó únicamente delincuentes. Exportó un modelo criminal flexible, capaz de asociarse con actores locales, explotar economías ilícitas preexistentes y aprovechar debilidades institucionales.
En México, la presión creciente sobre organizaciones como el Cártel Jalisco Nueva Generación demuestra que incluso cuando los liderazgos son golpeados o enfrentan un fuerte acoso estatal e internacional, las redes criminales conservan una notable capacidad de regeneración, adaptación y continuidad operativa.
En Bolivia, el caso de Sebastián Marset volvió a exponer una realidad incómoda para la región: las organizaciones criminales modernas entienden las fronteras mejor que muchos Estados. Aprovechan diferencias regulatorias, limitaciones de coordinación, vacíos institucionales y redes de apoyo que les permiten preservar su libertad de acción aun bajo intensa presión.
Son fenómenos distintos, pero comparten una característica fundamental y son parte del mismo tablero geopolítico criminal.
Todos obligan a mirar más allá de los individuos y concentrarse en los ecosistemas que permiten su funcionamiento.
Quizás por eso muchas de las organizaciones criminales más exitosas del siglo XXI ya no funcionan como las viejas estructuras jerárquicas que dominaron décadas anteriores. Operan como redes flexibles, adaptables y resilientes. Aprenden rápidamente, incorporan tecnología, exploran nuevos mercados ilícitos y aprovechan vulnerabilidades institucionales con una velocidad que muchas veces supera la capacidad de reacción de los Estados.
Lo vemos en la convergencia entre narcotráfico, minería criminal, trata de personas, contrabando, ciberdelito, lavado de activos y corrupción. Lo vemos en la utilización creciente de drones por organizaciones criminales. Lo vemos en la expansión de economías ilícitas capaces de generar poder territorial, influencia política y formas alternativas de gobernanza.
El fenómeno criminal contemporáneo (un neo crimen organizado trasnacional) ya no puede analizarse como una suma de delitos aislados.
Debe entenderse como un ecosistema dinámico capaz de adaptarse, mutar y sobrevivir bajo condiciones cambiantes.
Y es precisamente aquí donde aparece uno de los principales desafíos para gobiernos, organismos internacionales, fuerzas de seguridad y organizaciones privadas.
La ventaja estratégica del futuro no pertenecerá necesariamente a quienes dispongan de más recursos o más tecnología.
Pertenecerá a quienes desarrollen una mejor capacidad para anticipar.
En los últimos años han comenzado a observarse señales interesantes en diversas operaciones de inteligencia y seguridad desarrolladas en el continente.
Se trata de una evolución conceptual relevante.
Comprender tendencias antes que incidentes, sistemas antes que eventos, procesos antes que crisis.
Quien haya seguido la evolución del Tren de Aragua, la consolidación de las economías criminales en el Arco Minero venezolano o la capacidad de supervivencia demostrada por diversas estructuras vinculadas al narcotráfico regional comprenderá rápidamente la diferencia. Cuando los indicadores visibles aparecen en la superficie, el proceso de expansión suele haber comenzado mucho tiempo antes.
La reacción seguirá siendo necesaria. Ningún Estado puede prescindir de ella.
Pero la reacción, por definición, ocurre después de los hechos.
Cuando una organización criminal ya controla territorios, corredores logísticos, economías ilícitas o espacios de gobernanza, gran parte del problema ya se encuentra consolidado.
Por el contrario, la anticipación permite identificar señales tempranas, comprender procesos emergentes y desarrollar capacidades antes de que resulten indispensables.
Desde hace años sostengo que las crisis contemporáneas rara vez comienzan con grandes explosiones.
Generalmente comienzan con pequeñas erosiones del orden, de la gobernanza y de la capacidad institucional. El crimen organizado comprende muy bien esta lógica.
Avanza donde encuentra vacíos de diversa índole, como de control, regulatorios, tecnológicos, de coordinación, y de comprensión.
Mientras tanto, muchas organizaciones continúan preparándose para enfrentar amenazas conocidas, cuando el verdadero desafío consiste en prepararse para aquellas que todavía no se han manifestado plenamente.
El neo crimen organizado transnacional representa precisamente eso: un desafío permanente de adaptación.
Por esa razón, quizás haya llegado el momento de dedicar menos esfuerzos a explicar exclusivamente lo que ocurrió y más recursos a comprender lo que podría ocurrir.
¿Qué nuevas formas de convergencia criminal están emergiendo?
¿Qué tecnologías están siendo incorporadas por actores ilícitos?
¿Qué vulnerabilidades están siendo identificadas por las organizaciones criminales antes que por las instituciones?
¿Qué capacidades deberíamos desarrollar hoy para enfrentar escenarios que aún no existen?
Las respuestas nunca serán perfectas.
Pero la capacidad de formular estas preguntas puede marcar la diferencia entre anticipar una amenaza o reaccionar cuando ya es demasiado tarde.
El crimen organizado del siglo XXI aprende, experimenta, coopera y evoluciona.
El verdadero desafío contemporáneo probablemente no consista solamente en capturar más criminales, si no en comprender cómo evolucionan las amenazas antes de que alcancen su máxima expresión.
Después de todo, las organizaciones criminales ya están pensando en su próxima mutación.
Nosotros deberíamos estar haciendo exactamente lo mismo.
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