Cuando el Estado recupera el territorio pero luego se retira
Uno de los errores más frecuentes al evaluar las políticas públicas de seguridad consiste en medir su éxito exclusivamente mediante indicadores operativos: cantidad de capturas, toneladas de droga incautadas, cabecillas abatidos o bandas desarticuladas.
Todos estos resultados poseen un enorme valor. Sin embargo, representan únicamente una parte del problema.
La experiencia internacional demuestra que las organizaciones criminales poseen una extraordinaria capacidad de adaptación.
Capturar a sus líderes o decomisar grandes cargamentos afecta temporalmente su funcionamiento, pero no necesariamente reduce de forma sostenible su poder.
¿Por qué?
Porque el verdadero centro de gravedad de muchas organizaciones criminales ya no reside únicamente en sus integrantes, sino en el control del territorio.
Hoy el territorio significa mucho más que un espacio geográfico. Representa corredores logísticos, puertos, pasos fronterizos, centros penitenciarios, barrios, comunidades y economías ilícitas desde donde las organizaciones ejercen influencia, reclutan nuevos integrantes, obtienen financiamiento y disputan legitimidad frente al propio Estado.
Por esa razón, una pregunta estratégica debería acompañar siempre cualquier evaluación de una política de seguridad:
¿El Estado recuperó el territorio o solamente realizó una ocupación temporal?
La diferencia resulta decisiva.
Cuando una fuerza policial o militar ingresa en una zona dominada por el crimen organizado suele producir un efecto inmediato de reducción de la violencia y desplazamiento de las organizaciones criminales. Sin embargo, si una vez concluida la operación el Estado se repliega sin consolidar una presencia institucional permanente, el vacío vuelve a ser ocupado por quienes nunca dejaron de conocer ese territorio.
En muchos casos, el crimen organizado no necesita derrotar al Estado. Simplemente necesita esperar.
La experiencia observada en distintos países de Latinoamérica demuestra que, cuando los territorios recuperados carecen posteriormente de justicia efectiva, escuelas funcionando, servicios de salud, infraestructura, oportunidades laborales, programas sociales, inversión pública y presencia institucional permanente, las economías ilícitas vuelven a instalarse con notable rapidez.
Las organizaciones criminales entienden perfectamente esta lógica.
Ellas no administran únicamente negocios ilegales. Administran territorios.
Por ello, la seguridad sostenible no puede construirse únicamente mediante presencia operativa. Debe construirse mediante presencia estatal.
Recuperar un barrio constituye apenas el inicio del proceso. Mantenerlo bajo control institucional durante años representa el verdadero desafío estratégico.
Del mismo modo, debilitar al crimen organizado exige afectar simultáneamente todas sus fuentes de poder: sus finanzas, sus cadenas logísticas, sus mecanismos de corrupción, su capacidad de reclutamiento y su influencia territorial. La inteligencia estratégica, la investigación financiera, la cooperación internacional y la coordinación interinstitucional deben actuar de forma integrada para impedir que las organizaciones criminales reconstruyan rápidamente sus capacidades.
En definitiva, la seguridad no puede reducirse a perseguir delitos.
Debe entenderse como la capacidad del Estado para recuperar, gobernar y sostener el control efectivo del territorio en el largo plazo.
Porque existe una lección que se repite una y otra vez en los escenarios donde opera el crimen organizado:
El territorio que el Estado recupera, pero luego abandona, termina siendo recuperado nuevamente por las organizaciones criminales.
Creo que este texto todavía puede evolucionar un paso más y transformarse en un concepto doctrinario propio. De hecho, propondría sintetizarlo en una idea que puede convertirse en una de tus frases de referencia:
“La victoria táctica consiste en recuperar un territorio. La victoria estratégica consiste en impedir que el crimen organizado vuelva a gobernarlo.”