El nuevo mapa de la seguridad regional
Algo está cambiando rápidamente en Latinoamérica. No se trata solamente de elecciones, nuevos presidentes o un desplazamiento ideológico. Desde el extremo sur hasta el Caribe comienza a observarse una transformación más profunda: la seguridad vuelve al centro del poder, Estados Unidos recupera protagonismo estratégico y varios gobiernos empiezan a asumir que el crimen organizado transnacional dejó de ser exclusivamente un problema policial. Los llamados “Acuerdos de Barranquilla” pueden convertirse en una de las primeras fotografías de ese nuevo escenario.
Barranquilla no fue solamente una reunión bilateral
El encuentro del 8 de septiembre entre el presidente colombiano Abelardo De La Espriella y el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio produjo bastante más que una normalización de relaciones después de cuatro años difíciles entre Bogotá y Washington.
De La Espriella resumió los acuerdos en tres objetivos: reconstruir la patria, recuperar la economía y blindar el hemisferio. Detrás de esa formulación aparecen seguridad, narcotráfico, modernización militar, inteligencia, migración, inversiones, minerales críticos y cooperación nuclear civil. Colombia anunció además su incorporación al Escudo de las Américas y pretende recuperar su condición de principal socio estadounidense de seguridad en el hemisferio. (El País)
La expresión utilizada por el mandatario colombiano —“blindar el hemisferio”— merece atención.
Porque Barranquilla puede estar indicando algo mayor.
Seguridad primero
Rubio lo expresó sin demasiados matices: sin seguridad no existe prosperidad y la principal responsabilidad de cualquier gobierno es garantizar la seguridad de su población.
La nueva administración colombiana respondió con una definición igualmente contundente: fumigación de cultivos ilícitos, destrucción de laboratorios, persecución de precursores químicos, rutas, cabecillas, lavado de activos y patrimonios criminales, junto con metas anuales verificables. Colombia solicitó además aeronaves, drones, radares y cooperación en inteligencia, entrenamiento y equipamiento. (Reuters)
Hay un cambio conceptual importante.
El narcotráfico comienza nuevamente a observarse como un sistema, no solamente como una mercancía ilegal.
PRODUCCIÓN → TERRITORIO → RUTAS → FINANZAS → ORGANIZACIONES ARMADAS → REDES INTERNACIONALES
Atacar ese sistema exige inteligencia, tecnología, control fronterizo, cooperación judicial y capacidad militar.
Y ningún Estado puede hacerlo completamente solo.
Colombia vuelve al centro
Durante décadas, Colombia fue el principal laboratorio latinoamericano de cooperación de seguridad con Estados Unidos. Plan Colombia modificó capacidades militares, inteligencia, movilidad aérea y operaciones contra organizaciones armadas.
Ahora aparece una nueva etapa.
De La Espriella habla de un Plan Patriota Siglo XXI, mientras Washington ofrece cooperación en inteligencia, entrenamiento y equipamiento. Bogotá, por su parte, busca modernizar capacidades con drones, radares y otros sistemas y promete asumir compromisos cuantificables contra el narcotráfico. (Reuters)
Pero el contexto es completamente diferente al de comienzos del siglo XXI.
Hoy el adversario no es solamente una insurgencia.
Es una constelación de organizaciones criminales, estructuras armadas, economías ilícitas, lavado de activos, minería ilegal, corredores marítimos, drones comerciales adaptados y redes capaces de atravesar varias fronteras.
Por eso tampoco alcanza con un nuevo Plan Colombia.
Hace falta una arquitectura regional.
El mapa comienza a cerrarse
Y aquí Barranquilla adquiere otra dimensión.
Rubio no viajó únicamente a Colombia. Su gira continúa por Ecuador y Perú, dos países que enfrentan importantes desafíos de seguridad y buscan profundizar la cooperación con Washington. Perú acaba de incorporarse al Escudo de las Américas junto con Colombia. (Reuters)
Más al sur también existen movimientos relevantes.
Chile, Argentina, Bolivia, Ecuador y Perú suscribieron en mayo el Compromiso Regional de Santiago, destinado a coordinar seguridad fronteriza, migraciones e inteligencia contra la delincuencia organizada transnacional. (Ministerio de Relaciones Exteriores)
Costa Rica, mientras tanto, atraviesa su propia transformación doctrinaria. La presidenta Laura Fernández llegó incluso a sostener que una eventual presencia de fuerzas estadounidenses podría contribuir a la seguridad nacional, aunque aclaró que actualmente no existe un acuerdo de ese tipo y que requeriría aprobación legislativa. (Reuters)
Los modelos son diferentes.
Las amenazas también.
Pero la dirección comienza a parecerse.
PERÚ – ECUADOR – COLOMBIA – COSTA RICA
y, con características propias,
CHILE – ARGENTINA están colocando seguridad, fronteras, crimen organizado, inteligencia y cooperación internacional en posiciones cada vez más altas de sus agendas nacionales.
Venezuela cambia la ecuación
En medio del nuevo mapa aparece Venezuela.
Y allí probablemente se encuentre una de las claves.
Durante años el territorio venezolano funcionó como profundidad estratégica para estructuras armadas colombianas. La transformación política posterior a Maduro y la creciente presión estadounidense pueden modificar progresivamente esa situación.
Colombia ya anunció que será aliado de Washington respecto de Venezuela. Estados Unidos, paralelamente, está reconstruyendo su entramado de seguridad alrededor del país. (Reuters)
Esto tiene consecuencias directas para ELN, disidencias y redes transnacionales.
Si aumenta la presión militar desde Colombia mientras cambia el grado de permisividad existente del otro lado de la frontera, las organizaciones armadas podrían comenzar a perder uno de sus principales mecanismos históricos de supervivencia: la profundidad territorial.
La frontera dejaría entonces de funcionar solamente como vía de escape.
Podría convertirse en espacio de compresión.
No es simplemente un giro a la derecha
Sería demasiado sencillo explicar todo esto como consecuencia de una ola electoral conservadora.
Hay algo estructural detrás.
Las sociedades latinoamericanas están colocando la inseguridad entre sus principales preocupaciones; el crimen organizado adquirió capacidades territoriales, económicas y militares que hace dos décadas eran excepcionales; las fronteras perdieron capacidad para contener organizaciones transnacionales y tecnologías baratas —drones, comunicaciones cifradas, criptomonedas— aumentaron enormemente las posibilidades de actores no estatales.
La política está reaccionando.
Algunos gobiernos lo hacen desde posiciones ideológicas de derecha. Otros construyen respuestas pragmáticas porque simplemente el problema ya no admite indiferencia.
Por eso quizás no estemos observando solamente un cambio político.
Estamos viendo una securitización de la agenda regional.
El nuevo mapa
Barranquilla puede terminar siendo recordada simplemente como la ciudad donde Colombia y Estados Unidos recompusieron una vieja alianza.
Pero también puede representar algo diferente.
Un momento en el que Washington comenzó a reconstruir una arquitectura hemisférica de seguridad alrededor de gobiernos dispuestos a aumentar cooperación, compartir inteligencia, modernizar capacidades y enfrentar organizaciones criminales desde una lógica más cercana a la seguridad nacional que a la tradicional persecución policial.
Todavía no existe un bloque regional homogéneo. Tampoco una doctrina común.
Pero las piezas comienzan a moverse.
Colombia vuelve hacia Washington. Perú y Ecuador profundizan esa dirección. Costa Rica endurece su concepción de seguridad. Chile y Argentina incrementan la coordinación regional. Venezuela atraviesa una transformación estratégica que puede alterar el funcionamiento de las organizaciones armadas transfronterizas.
Separados, son acontecimientos nacionales.
Observados simultáneamente, comienzan a dibujar un patrón.
Y ese patrón podría ser uno de los cambios estratégicos más importantes de Latinoamérica en muchos años.
Los Acuerdos de Barranquilla quizás no sean el final de una negociación. Pueden ser el comienzo de una nueva arquitectura de seguridad hemisférica.