Cuando encerrar al criminal ya no significa neutralizar su poder
Durante años pensamos la cárcel como el punto final del proceso criminal: delito, investigación, captura, condena y encierro. La secuencia parecía lógica. El delincuente quedaba separado de la sociedad y, con él, parte de su capacidad para continuar dañándola.
El crimen organizado latinoamericano está obligándonos a revisar esa idea.
Un delincuente puede estar preso y continuar ejerciendo poder.
Puede comunicarse, transmitir órdenes, administrar dinero, reclutar, organizar redes, disputar mercados e incluso proyectar violencia fuera de los muros. Cuando eso ocurre, la prisión deja de funcionar exclusivamente como instrumento de neutralización y comienza a transformarse en otra cosa: un territorio criminal.
Uruguay debería observar atentamente esta evolución.
Uruguay: las señales están presentes
Una reciente columna de Natalia Roba en El Observador volvió a colocar el sistema penitenciario en el centro del debate. Pero el problema trasciende el hacinamiento, las condiciones de reclusión o la rehabilitación.
En marzo de 2026, el propio Ministerio del Interior informó que una investigación desarrollada en varios departamentos había determinado que personas privadas de libertad operaban una organización delictiva desde distintas unidades penitenciarias, articulando una red de comercialización de drogas con alcance nacional. (Gobierno de Uruguay)
Un mes después, Uruguay realizó junto con UNODC y especialistas regionales un taller específicamente dedicado a inteligencia penitenciaria para prevenir y desarticular organizaciones criminales que operan desde las cárceles. (Gobierno de Uruguay)
El problema, además, no apareció ayer. Ya en 2019 se advertía que en algunas cárceles uruguayas los presos ejercían importantes niveles de control y que desde establecimientos penitenciarios se planificaban delitos que posteriormente eran ejecutados en el exterior. (El Observador)
En mis propios análisis sobre las cárceles uruguayas vengo señalando esta evolución desde hace años. Primero como problema de gobernanza criminal, posteriormente como expresión del crecimiento del crimen organizado y finalmente como parte de un fenómeno regional mucho más amplio.
Hoy podemos formular la pregunta de otra manera: ¿Cuánto poder pierde realmente un jefe criminal cuando ingresa a prisión?
Los Monos: estar preso no significa dejar de mandar
Rosario ofrece uno de los ejemplos regionales más cercanos.
Ariel Máximo “Guille” Cantero y otros integrantes del clan Cantero acumularon años de condenas mientras la organización Los Monos continuaba siendo investigada por actividades dirigidas desde establecimientos penitenciarios.
En marzo de 2024, la Policía Federal Argentina reveló un mecanismo particularmente ilustrativo. Guille y Luciano Cantero se comunicaban con integrantes de su organización utilizando intermediarias que triangulaban las llamadas. Desde las líneas autorizadas del penal contactaban a esas mujeres y estas conectaban en conferencia a los subordinados que debían recibir las instrucciones. (Argentina)
El mecanismo es sencillo pero conceptualmente enorme: prisión – comunicación – intermediario – orden – ejecutor exterior.
El muro contiene físicamente al individuo. La red atraviesa el muro.
Paraguay: la cárcel como espacio de expansión
El Clan Rotela muestra una evolución diferente.
Según autoridades penitenciarias paraguayas consultadas por InSight Crime, para 2019 la organización tenía presencia en 15 de las 18 penitenciarías de Paraguay. Las prisiones también fueron espacios importantes para su reclutamiento y escenario de la disputa con el brasileño Primeiro Comando da Capital —PCC— por mercados de drogas dentro y fuera de los establecimientos. (InSight Crime)
Aquí aparece una segunda mutación.
La cárcel no solamente permite mantener una organización existente. Puede contribuir a expandirla.
Una prisión concentra población vulnerable, reincidentes, delincuentes experimentados, contactos, información y necesidades de protección. En determinadas condiciones, todo ello constituye un extraordinario mercado de reclutamiento.
Brasil: el antecedente que Latinoamérica no debería olvidar
El PCC lleva esta lógica todavía más lejos.
Su historia demuestra que el sistema penitenciario puede funcionar no solamente como lugar desde el cual una organización mantiene capacidades, sino como ambiente de socialización, cohesión y expansión criminal.
La cárcel se convierte entonces en una auténtica infraestructura relacional: allí se construyen lealtades, jerarquías y redes que posteriormente conectan el mundo penitenciario con territorios exteriores.
El problema deja de ser exclusivamente penitenciario.
Se convierte en un problema de seguridad nacional y crimen organizado transnacional.
Tocorón: cuando la cárcel se transforma en poder
Venezuela representa un estadio extremo.
Durante años, Tocorón funcionó como centro de operaciones del Tren de Aragua. Investigaciones de InSight Crime describieron un sistema en el cual la organización ejercía gobernanza dentro de la prisión, obtenía recursos económicos y proyectaba actividades criminales hacia el exterior. La organización llegó a ejercer funciones que correspondían al propio Estado. (InSight Crime)
Tocorón no debe utilizarse para afirmar que todas las cárceles latinoamericanas recorrerán necesariamente ese camino.
Debe estudiarse precisamente para comprender hasta dónde puede llegar el proceso cuando el Estado pierde progresivamente el control del espacio penitenciario.
De la cárcel al poder criminal
Los casos no son idénticos. Tampoco Uruguay es Brasil, Paraguay, Argentina, Ecuador o Venezuela.
Pero existen semejanzas que deberían preocuparnos.
Podemos observar una secuencia: CÁRCEL – CONECTIVIDAD – RED – RECLUTAMIENTO – MANDO GOBERNANZA – PROYECCIÓN TERRITORIAL – PODER CRIMINAL
No todos los sistemas recorren todas las etapas.
Precisamente por eso necesitamos identificar en cuál estamos.
El error sería esperar a encontrar un Tocorón uruguayo para reconocer el problema. Cuando una organización domina físicamente una cárcel, probablemente muchas señales anteriores fueron ignoradas.
La alerta temprana comienza mucho antes: cuando un preso mantiene comunicaciones operativas, cuando aparecen intermediarios, cuando continúa circulando dinero, cuando se reclutan nuevos miembros, cuando las órdenes atraviesan los muros y cuando decisiones tomadas dentro de una celda producen consecuencias violentas afuera.
Eso ya no es solamente un problema de teléfonos celulares.
Es mando y control criminal.
Medir capacidades, no solamente presos
Quizás debamos cambiar también nuestros indicadores.
Seguimos midiendo población penitenciaria, hacinamiento, plazas disponibles, fugas, homicidios, reincidencia e incautaciones.
Todo es necesario.
Pero frente al crimen organizado aparece otro indicador mucho más difícil: ¿cuánta capacidad criminal conserva una persona después de ser encarcelada?
Comunicación. Dinero. Contactos. Liderazgo. Reclutamiento. Inteligencia. Capacidad de impartir órdenes. Capacidad de producir violencia.
Esas variables deberían integrar cualquier sistema moderno de inteligencia penitenciaria.
Porque una cárcel puede tener sus puertas cerradas, sus muros intactos y todos sus presos contabilizados y, sin embargo, estar perdiendo una batalla invisible por el control.
Conclusiones
Primera. Encarcelamiento y neutralización ya no pueden considerarse sinónimos frente al crimen organizado. El objetivo estratégico debe ser privar de libertad al delincuente y simultáneamente reducir su capacidad de ejercer poder criminal.
Segunda. Los Monos, Clan Rotela, PCC y Tren de Aragua muestran diferentes etapas de un mismo fenómeno: comunicación, reclutamiento, mando, gobernanza y proyección exterior. No constituyen realidades idénticas, pero permiten reconocer indicadores antes de alcanzar escenarios críticos.
Uruguay todavía tiene una ventaja fundamental: puede estudiar lo ocurrido alrededor suyo. La inteligencia penitenciaria debería convertirse en una pieza central de la estrategia contra el crimen organizado, precisamente para impedir que las cárceles evolucionen de lugares de reclusión hacia nodos de una arquitectura criminal nacional o transnacional.
Fuentes consultadas
Ministerio del Interior de Uruguay, Operativo Anfisbena, 26 de marzo de 2026. (Gobierno de Uruguay)
Ministerio del Interior de Uruguay, Taller/Mesa Regional sobre Inteligencia Penitenciaria, abril de 2026. (Gobierno de Uruguay)
Policía Federal Argentina / Ministerio de Seguridad, Nuevo golpe al clan de Los Monos, 22 de marzo de 2024. (Argentina)
InSight Crime, Clan Rotela Paraguay: quién es su líder y cómo opera, actualización 2026. (InSight Crime)
InSight Crime, Gobernanza híbrida y los dominios criminales del Tren de Aragua. (InSight Crime)
El Observador, archivos y trabajos de Natalia Roba sobre sistema penitenciario, crimen organizado y seguridad pública. (El Observador)